miércoles 25 de junio de 2008

Despedidas

Cuando era adolescente tenía una tórrida relación de amor con las despedidas. El punto romántico y melodramático que tienen las hacía ideales para mi naturaleza, peliculera y llena de acné. Estar abrazados, separarnos y jurarnos amor eterno, para luego irse cada uno en direcciones distintas. Cuando era adolescente, eso era lo deseable. Lo máximo a lo que podía uno aspirar. Haber llegado a ese nivel de intimidad con una persona (con la que probablemente llevabas tratando un par de meses) y ser capaz de despedirla, llevarse a casa las lágrimas en los ojos…Eso era lo máximo. Uno de los momentos más importantes de mi vida, o al menos, de los que mejor recuerdo, con menos brumas de por medio, fue una despedida.

Tenía catorce años, y estaba quedándome en un campamento de verano, al lado de un pueblecito que era más aldea que pueblo. Jamás había visto un sitio con tan poca gente. Tan virgen. También era la primera vez que veía un río. Para muchos isleños, una masa acuática alejada de la costa no forma parte de la realidad. Había cangrejos rarísimos, mosquitos de patas alargadas que iban por encima del agua, peces…Y el agua era dulce. Recuerdo más o menos bien a la chica, un año más pequeña que yo. Nos conocimos una de las únicas noches que nos dejaron salir por el pueblo (normalmente estábamos en la zona del campamento) y estuvimos un buen rato hablando hasta apartarnos del grupo de gente. Lejos yo de mis compañeros, lejos ella de sus amigas, fuimos a dar un paseo por la ribera del río. Las estrellas se veían perfectamente, y podía escucharse a los grillos por todo el camino. Íbamos muy juntos, y en un momento, toqué su mano sin querer. Estaba fría, como deseando que alguien la cogiera y le diera calor. Pero a mí me temblaba tanto el cuerpo que me sentía incapaz de hacerlo.

Le dije que era muy guapa. Aunque no fui tan directo, y balbuceé más de lo que querría reconocer. Le hablé de sus ojos, grandes y llenos de vida. Verde esperanza. Me dijo que nadie en el pueblo se había fijado en ellos, y que los míos parecían tristes. Creo que le dije algo sobre que el oculista estaba lejos, y que por eso no se habían fijado. En el momento me pareció muy ocurrente. No llegamos a besarnos. A veces lo pienso y me siento estúpido, pero creo que eso hace a la escena tan especial. Hablamos, y era evidente que nos gustábamos, pero no pasó nada. Al rato me dijo que ese día tenía que irse a casa del padre, pero me dejó su teléfono y su dirección para mandarnos cartas. Nos despedimos con una sonrisa y yo volví solo a la caseta, llorando hasta llegar. Fue un momento demasiado hermoso, rodeado de árboles, estrellas y seres vivos, cada lágrima cayendo como si fuera lo peor que me pasaba en la vida. Fue la primera despedida.

Ahora ya no me gustan tanto. Probablemente, el sentimiento que más me sugieran es desesperanza. Cuando te despides de alguien es porque no vas a volver a ver a esa persona. Yo no volví a ver a la chica del pueblo. No le respondí a sus cartas. Y ella terminó por olvidarme.

Por otro lado, la despedida es el último momento que vas a tener con esa persona. Hay que hacerlo bien para que no te olvide. Para que al menos te siga mencionando en su diario unos cuantos días. Para que signifiques algo…

Ha pasado una semana desde que Marta me dijo que me quería, y esa maldita expresión va convirtiéndose en una carga mayor con cada día que pasa. Al principio me hizo sentir bien, pero la sensación duró poco. Duró poco porque estaba confesándole sus sentimientos a alguien que no había dudado en traicionarla. Alguien que no era digno de ella. En el libro de autoayuda pone algo de que autocastigarse no resuelve nada. Probablemente. Pero es lo más que hago últimamente. ¿Qué otra cosa se puede hacer, además de cargar con la culpa? ¿Asumirlo? Está muy asumido por mi parte. Y no sé de qué serviría que se lo diga, salvo para hacerle daño.

Lo que está claro es que esa tercera persona que ha entrado gracias a mí está destrozando lo nuestro. Hay veces en las que me sorprendo pensando en ella. Intentando recordar ese polvo despectivo en el coche en el que éramos más animales que personas. Y cuando consigo recordar algo nuevo, me doy cuenta de que me gustó. De que por mucho asco que me dé, lo disfruté. Pero estoy casi seguro que de cuando ocurrió, en el momento exacto, estaba más pendiente de la marca del aliento en los cristales que de lo que estábamos haciendo. ¿Por qué ahora viene a mi memoria como si fuera algo que disfruté? ¿Por qué me persigue? He dado una estocada y la cosa está herida de muerte.

Abro la puerta de la despensa y rebusco entre los botecitos de especias. Estoy pensando qué voy a preparar para Marta. Es la primera vez que voy a cocinar para ella. Y quizá sea la última. La llamé sin tener nada claro, hace un rato, y le dije que me apetecía que viniera a casa, que le iba a dar una sorpresa. Todavía no sé lo que voy a hacer. Sé que le gustan las setas, pero no tengo. También le gusta el pescado, pero no tengo nada que merezca la pena por aquí. Hacer un plato de pasta sería demasiado típico. En la nevera encuentro una bandeja de pechuga de pollo, y decido cortarla en cuadrados e inventarme algo con todas las especias que tengo por la cocina. Estoy una media hora experimentando una cosa y otra hasta que encuentro una combinación que parece agradable y que incluye nuez moscada. Alguien me dijo una vez que la nuez moscada es afrodisíaca, y aunque parece tener su lógica, hoy en día todas las cosas son afrodisíacas si le hacemos caso a los programas de sexo de la televisión.

Dejo todo el tinglado preparado para cuando llegue mi invitada, y me pongo a buscar por toda la casa un par de velas que puedan mejorar el ambiente. Sé que debo tener, porque a mi última ex le encantaban y me regalaba millones. Y aunque la idea es un poco irrespetuosa (agradar a tu pareja con algo que te ha regalado tu ex-pareja), prefiero ser pragmático y darles un buen uso a tenerlas ahí, recordándome a la última ruptura.

De repente empiezo a agobiarme. Acabo de caer en la cuenta. Esta noche vamos a acostarnos. No es que me haga sentir mal pensar que voy a follar esta noche. Pero sí darme cuenta de que probablemente sea el último polvo con ella. Sí, vale, quizá haya más. Pero ésa no es la sensación que tengo ahora. Si es el último tiene que ser especial. Tiene que quedarse para siempre en la memoria. Por lo menos eso. Aunque sea eso. Poder decir que he ganado algo valioso para la vida. La cosa se acabó, pero en mi lista de hechos importantes de una vida, que merecen la pena vivirla, quiero tener ese momento. ¿Cómo hacer que cuando retocemos sea algo especial? Se supone que siempre lo es, ¿no? No puedo decirle “cariño, ponte encima y date la vuelta, que quiero que esta vez la recuerdes de verdad, para siempre y para toda la puta posteridad”. No, no puedo.

Hay por ahí una teoría. Una teoría que no es seria ni científica, pero que si uno se para a pensar en ella tiene cierto sentido. No recuerdo bien quién me lo dijo, pero creo que fue Óscar (no le pega en absoluto), que si quieres hacer de una sesión de cama algo realmente especial y memorable, tiene que ser con algo de música. Porque normalmente estás volcado en cuanto a tacto, vista…pero nunca tienes los oídos presentes. Igual cuando grita ella, pero normalmente no le añaden demasiado más a la situación. No recuerdo bien la explicación. Pero la idea me seduce. Usar algo de música, una canción que sea impactante. Importante. Duradera.

- Hola, flaco.

Casi sin darme cuenta he descolgado el teléfono y marcado. Hay alguien que creo que puede orientarme en el tema de la música para polvos, y necesito de su ayuda.

- Hombre, tiempo sin saber de ti.

- Bueno, ya sabes, la vida y eso.

- Mucho lío, ¿no?

- Sí, sí. Oye, una cosa…

Eso es lo que dura el intercambio de obviedades. Es un amigo con el que llevo tiempo sin hablar, y que probablemente esté preocupado por mí, por cómo me va la vida. Yo, justo ahora, no lo estoy por él. Sólo lo he recordado porque sabe de música. A eso ha acabado reducido. A amigo melómano al que llamas cuando estás desesperado por encontrar la canción ideal.

- Dime.

- Ya sé que es un poco raro y eso, pero…¿no hablamos una vez de música para hacer el amor y tal?

- Joder, eso fue hace mucho, ¿no?

Vale, con eso queda claro que no fue Óscar el que me habló de la poderosa teoría de la música para el noble arte de la cópula significativa.

- Es que me hace falta ahora algo así.

- Una condición.

- Pide, flaco.

- Que nos veamos las caras pronto, joder.

- Vale, vale.

- Son muchos meses, tío. Siempre con la misma puta agonía vital para quedar.

- Vale, vale. Esta semana si quieres.

- Ok. ¿Para qué quieres exactamente la música?

- ¿Eh?

- No sé, se me ocurren muchos usos. Para follar a lo salvaje, para hacerlo a lo bonito…

- ¿Para que lo recuerde?

- Hombre, a lo salvaje fijo que lo recuerda.

- Me refiero…

¿A qué me refiero exactamente? Sí, probablemente a lo bestia lo recuerde, pero ése no es el tipo de recuerdo que quiero que tenga de mí. O, bueno, sí. Que se lo cuente a sus amigas y eso, vale. Estaría bien que me recordara por eso. Pero lo que necesito realmente es que lo vea como la preciosa última vez. Cuando hizo el amor y fue el momento más bonito del mundo.

- Quiero que sea algo especial.

- ¿Rollo polvo triste?

- ¿Polvo triste?

- Sí, hombre. Cuando has tenido una discusión o algo así, y ninguno de los dos está muy por la labor, pero estás tan hecho polvo y desesperado que acabas haciéndolo. A lo mejor la tía está llorando, o tú, o yo qué sé, y con el abrazo y tal acaba saliendo la cosa. ¿Me explico?

Me viene la imagen a la cabeza, y es perfecta. O sea, no quiero que discutamos, y, desde luego, no me haría ninguna gracia verla llorar, pero es el sentimiento que persigo.

- Me viene perfecto.

- Atento, entonces, porque te voy a dar la clave de la felicidad universal.

Resulta que conozco al grupo, pero no la canción. No tengo la suerte de tener ese disco ni nada de eso, pero la red de redes no tarda nada en encontrarme lo que necesito. Por curiosidad me pongo a buscar la letra para hacer tiempo, y, aunque estoy tentado de ponerme a escuchar, decido dejar que la primera vez que mis oídos la escuchen sea cuando tiene que ser. Así que me limito a leer la letra, y me parece perfecta. Es una de esas canciones que parece que todo el mundo debería conocer, y que no te extrañas de corear cuando la ponen en un bar, aunque no la conozcas previamente.

Marta no se hace esperar mucho más. Me ha dado tiempo de arreglarme un poco, de mirar al espejo y decirme que todo va a salir bien y de recoger el salón y que no parezca que llevo todo el día tirado en el sofá dando vueltas e intentando deshacerme (inútilmente) de la culpabilidad. A juzgar por su mirada, al abrir la puerta, viene contenta.

- ¿Cómo estás, guapo?

Me saluda con un beso en la boca y el tacto de su lengua es extraño. No sabría explicarlo, pero no es el mismo que siempre.

- ¿Qué es esa sorpresa que tienes para mí?

Por un momento quiero decirle que no es nada agradable, y que, por favor, huya del lugar como alma que lleva el diablo. Pero no lo hago. Pongo mi sonrisa de “no pasa nada, me alegro de ver a mi novia” y la invito a pasar.

- Las cosas a su tiempo.

Se sienta en el sofá como si estuviera en su casa. Eso me hace sentir bien y mal a la vez. La familiaridad que tiene con mis muebles me recuerda a otras historias de amor que no funcionaron demasiado bien, pero también me hace pensar en cómo el tiempo ha conseguido que la tenga. Y las cosas que hemos hecho en el sofá…

- Vengo con un montón de hambre, ¿sabes?

- ¿Y eso?

- ¿Te acuerdas de Sandra?

No, no la recuerdo. Y sé que debería. Creo que me la presentó en alguno de esos miles de cumpleaños a los que he estado invitado por ser “novio de”.

- Claro, Sandra.

- Hoy nos hemos ido a correr.

- ¿Cuándo?

- Pues acabo de llegar.

La miro de arriba abajo. Lleva un top de color rojo oscuro, unos vaqueros y unas deportivas, rojas también. No tiene pinta de ser ropa de correr.

- ¿Y has salido a correr con vaqueros?

- Idiota.

De acuerdo. Habrá ido a correr y habrá pasado por casa a cambiarse, porque tampoco huele a sudor ni se la ve sofocada.

- ¿Y qué tal ha estado?

- Bueno, bien. Hemos ido a trote por la avenida marítima un rato, de un lado a otro, hasta que nos hemos cansado. Así que ahora hay que reponer.

- Te he preparado la cena. Espera un momentito y verás.

Lo digo sin ganas, pero parece que suena con ganas, con entusiasmo. Empiezo a apagarme por dentro y no sé por qué. Hay una parte de mí que empieza a pensar en lo que pasó en ese coche, y que si no se lo saca de la cabeza, tendrá una erección. Voy a la cocina, casi corriendo, intentando borrarla o que al menos no se note el bulto en el pantalón.

Pongo los daditos de pollo a la plancha mientras intento que se me ocurra alguna guarnición para sacar el pensamiento de la cabeza. Me viene a la cabeza el arroz, luego alguna verdura que otra y hasta huevos fritos (que no pegan nada en absoluto con lo que estoy preparando), pero la imagen sigue ahí. La desconocida de la entrevista encima y yo debajo. La marca de la respiración en los cristales, cerrados y golpeados por la luna. Huevos escalfados que tampoco pegan para no pensar en la escena. Zanahorias que quiero trocear, cebolla y tomate para escapar. Nada de nada. Estoy en piloto automático luchando conmigo mismo mientras la comida se hace, y al final, cuando ya está todo y estoy colocándola en el plato, es cuando empiezan a abandonarme las imágenes.

La torpeza me acompaña cuando llevo los dos platos y una botella de vino (la descubrí en la despensa mientras buscaba comida) a la mesa. Marta lo mira como si huyera de la guerra y llevase treinta años sin comer.

- Tiene muy buena pinta.

- Espera y verás – digo, dejando los platos.

Voy a donde he dejado las velas y traigo una de ellas, para ponerla en el centro de la mesa. Busco un mechero por todo el salón, hasta darme cuenta de que en los bajos del sofá debe haber uno. Y, efectivamente, lo hay. Enciendo la vela, que despide un aroma a chocolate, o al menos eso decía en la etiqueta. Marta me vuelve a mirar y noto ilusión en los ojos.

- Sí que te lo has currado, ¿eh?

Demasiado para que no sea sospechoso. Una vez leí en una revista de divulgación científica, de ésas con portadas escandalosas, artículos sobre sexo y algún que otro descubrimiento que no está probado del todo, que una de las mayores pruebas de que tu pareja está teniendo una aventura es que empiece a hacerte obsequios. Según la revista, para enmascarar la culpabilidad, y la verdad, intentas devolver la relación al estado de ilusión en el que estaba al principio, cuando se hacen todos los regalos y las cosas especiales, antes de que la rutina se instale. Me pregunto si ella, tal y como me mira ahora, habrá leído también eso.

Sin decir más, empezamos a comer. Me ha quedado bien, muy bien, y eso me hace recuperar algo de confianza. Realmente, la cosa está saliendo a pedir de boca. Estoy convirtiendo todo esto en algo muy memorable. El orgullo sale a la luz por la expresión en mi cara, y oigo algo parecido a “no te lo creas tanto” distorsionado por el masticar y la boca llena de mi interlocutora. No me gusta que la gente hable con la boca llena.

Seguimos comiendo, y comiendo y comiendo otro poco más, hasta que los platos están desnudos. Nos miramos con cara de satisfacción. Estoy henchido de la seguridad que da el pasar a la Historia.

- Los platos están como quiero verte.

- ¿Qué?

- Desnudos.

No digo nada más, y tampoco hace falta. Me acerco a ella y la agarro de la mano, tirando hacia mi cuarto. Al principio se sorprende, pero se deja llevar, como influenciada por algún tipo de hechizo. De nuevo otro peregrinaje, muy corto, hasta la habitación, y al llegar la siento con dulzura en la cama. Se queda quieta, expectante, y aprovecho para acercarme a la minicadena y poner la canción que tiene que sonar.

La luz está apagada, pero las pupilas se dilatan y podemos distinguirnos en medio de la oscuridad. Empezamos a besarnos y es como el Big-Bang. Lo que se desata en el dormitorio tiene su parte de melancolía, pero es tan sobrecogedor que me quita las ganas de hablar. La música se repite una y otra vez, igual que el ciclo se repite entre nosotros dos. Nos besamos más, nos acariciamos y nos vamos desnudando, despacio, como si no hubiera prisa. Como si tuviéramos que disfrutar al máximo del momento porque es el último que vamos a tener. La clarividencia es total. Llegamos a un punto en el que el conocimiento del cuerpo del otro roza el del cuerpo propio. Lo hacemos lento, disfrutando del compás, en sintonía con las ondas, y quiero echarme a llorar, pero no lo consigo. Es lo que mejor hacemos.

Pierdo la noción del tiempo, pero el final llega, inevitable. Todo se acaba. Ella está boca arriba, mirándome, y yo estoy acariciándole la barriga, jugueteando con su ombligo. Intento forzar mi cerebro a que se acuerde de esto, que borre alguna de las tonterías que siempre tengo en la cabeza y guarde la imagen y la proteja contra escritura.

- Ha sido genial, cariño.

Medito la respuesta. Creo que en cinco minutos le diré que me he acostado con otra.

martes 17 de junio de 2008

Héroes

A la mañana siguiente me encuentro nervioso, muy nervioso. He dormido mal, dando vueltas y más vueltas, arrastrando la sábana hacia mí y despertándome cada dos por tres. Es evidente que hay algo que no anda demasiado bien. He debido soñar al menos dos veces con triángulos. Me fui sin despedirme.

Ahora, en medio de la calle, en fin de semana y temprano por la mañana, es como si hubiera muerto toda la población mundial. Ni un alma (contándome a mí). Doy varias vueltas en círculo, teniendo como centro de la circunferencia el piso de Marta. Varias son las veces que me planteo subir de nuevo y decir algo. Pero no me hago caso. No suele salir bien cuando me hago caso. Así que sigo dando vueltas, hasta que al final me aburro de tanto melodrama y decido tomarme unos churros con chocolate. No hace frío, pero es lo que se me antoja ahora mismo. Chocolate, lo más amargo y caliente posible.

Dos calles más abajo, girando a la derecha en la segunda, hay una chocolatería famosa en la ciudad. Básicamente, el sitio al que van a parar todos los borrachos al salir del after-hour o los niños que juegan a quedarse hasta las seis de la mañana despiertos. Por suerte son las ocho y ya apenas quedan, estando el sitio en un relativo estado de calma. Varias parejas en las mesas (circulares) y poco estrés en las dos camareras que atienden. Tal y como debería ser cuando uno va a tomarse algo. Tomo asiento, dándome cuenta de que soy el único que está solo en todo el local, y debería herirme más de lo que ya estoy, pero termina por darme igual.

La chica que viene a atenderme (le pido tres churros, tres) tiene un piercing en la nariz que me recuerda a alguien. No sé a quién, y me disgusta. Le queda bastante bien, no es uno de esos aros, sino más bien el pequeño pendiente redondeado que no destaca tanto. Su nariz no es chata, pero casi. Hace su cara más tierna. Me sonríe cuando le pido los churros y el chocolate por favor.

Mi lengua se quema gracias a la impaciencia. Por un lado quiero disfrutar del momento, fundirme con el cosmos paladeando el cacao y hacer de ese momento algo que dure una eternidad. Pero por otro, tengo prisa. No sé por qué ni para qué. No tengo nada más que hacer que tomarme el puto chocolate. Pero sin embargo, ahí estoy, quemándome como un idiota, tomándolo rápido, como si me fuera la vida en ello. No hay nadie esperándome en casa y nada que hacer hasta que sea una hora más razonable de la mañana. Pero soy incapaz de disfrutar de la taza que con tan buenos modos me ha traído la chica.

A la vez, estoy intentando pensar en lo que es valioso. Pero cuanto más intento enfocarlo y centrarme en ello, más me esquiva. Me viene a la cabeza un momento hace unos años, y lo que mejor recuerdo es la resaca que tenía. Acababa de salir de estar toda la noche en una sala que alquilé con unos amigos (con los que ya apenas tengo trato), poniendo música, con tías a las que habíamos invitado y bebida por todos lados. Creo que me vine porque estaba aburrido de ver cómo se liaban unos con otros. De lo que no estoy seguro es de si yo mismo tuve éxito esa noche, pero a estas alturas me da igual. Siento, al volver a mirar atrás, la decepción que sentía en el momento. Aunque no es decepción, sino otra cosa a la que no sé qué nombre ponerle. ¿Sentimiento de injusticia universal? Algo así, pretencioso. Como si me viera maldito por el karma. Huí de la fiesta y me refugié aquí, como también he huido hoy.

Intento devolver la atención hacia las cosas que hacen de la vida algo que merezca la pena, pero cuanto más le digo a mi cabeza que no piense en lo de esa mañana, más quiere profundizar en el tema, como si tramara traerme algún tipo de epifanía o algo así.

Recuerdo que llovía ligeramente. La chocolatería está al lado de una plaza, y había un borracho tirado en un banco. Creo que me dijo si podía levantarle. Yo aceleré la marcha. Había mucha más gente al llegar, era la típica hora a la que van los que han aguantado toda la noche del tirón y quieren darse el homenaje final antes de ir a dormir o vegetar. A la memoria viene, sobre todo, la cara de dos personas. Una de ellas era significativa en la época, una chica de la que me hubiera gustado enamorarme, rubia ceniza (¿por qué lo llaman ceniza?), ojos grandes y alegres. Desayunaba con su novio y la conocía de la universidad, de hacía unos años. Llevaba tiempo sin recordarla, y al llegar al lugar, fue como el chispazo que te recuerda lo que llevas una vida perdiéndote. Dejó de interesarme al mes de volverla a ver. La otra cara, y aquí es donde viene la sorprendente revelación, es la de Marta. ¿Y qué? ¿Qué quiero decirme a mí mismo con esto, recordando las cosas así? Absolutamente nada. Probablemente me fijé en ella antes, y la olvidé, como olvido a la mayoría de personas. La mente sigue haciendo de las suyas, a la deriva, y quiero terminar con todo y salir corriendo.

Tras la habitual secuencia de dar las gracias cuando se llevan los platos, levantarse, ir al baño y luego pagar, dejando algo de propina, estoy de nuevo en la calle. Debería irme a casa, pero no me apetece, y sé que si lo hago, no saldré en todo el día. De todas formas, debería darme al menos una ducha (con las prisas no lo hice en casa de mi querida novia) y cambiarme, por lo que la opción “volver al hogar, dulce hogar” gana.

Pasado el trayecto de tranvía, donde no me encuentro con nadie famoso por más que lo intente, estoy cerrando la puerta, entrando en mi cueva y dejando atrás el pasado, presente y futuro. Ducha hirviendo y luego fría. Zumo de naranja para desayunar. Un batín para no pasearme desnudo. ¿Ahora qué hago?

Al pasar por el salón veo el teléfono y recuerdo que he quedado con Sergio. Quizá sea demasiado temprano, y quizá sea de demasiado mal gusto llamarle sólo porque no tengo nada qué hacer y si estoy un rato más conmigo mismo puedo echarme a llorar, pero eso es lo que hago. Llamarle.

- Buenos días por la mañana.

Extrañado por el saludo, concluyo que debe llevar un rato despierto. A veces se despierta temprano, o igual eso es lo que quiero imaginar.

- ¿Qué tal, tío?

- ¿No podías esperar más para quedar y has mandado a paseo a la mujer?

- Tanto como eso…

- Estás de suerte.

- ¿Lo estoy?

- Lo estás.

Decido no discutirlo. Diga lo que diga, la conversación puede prolongarse media hora más con todo tipo de frases hechas y basura que concluirá que toda la civilización occidental está de suerte. Bendito Estado de Derecho.

- Me dijiste algo de unas tartas, pero no es hora…

- No, no es hora. Por eso vamos a hacer algo mejor.

- Dime, flaco.

- Es una sorpresa.

- ¿Qué me pongo?

- ¿Eh?

- Sí, ropa. No voy a arreglarme para ir luego a la playa o al monte, ¿no?

- Trae algo cómodo. Pantalones cortos o algo así.

- ¿Pantalones cortos?

- ¿Te has fijado el calor que hace, joder?

No, no me he fijado. Llevo desde que me desperté demasiado ensimismado, luchando contra todo tipo de fuerzas demoníacas que intentan colarse en mi cabeza o en mi corazón.

- Vale, vale, buscaré.

- Nos vemos ahora.

Tras un rato de rebuscar, encuentro unas bermudas de playa, de las largas. Me llegan por debajo de la rodilla y no están mal. Al ser de color negro uno no tiene que romperse demasiado la cabeza para combinarlas y que no quede mal. Pillo una camiseta de andar por casa y unas cholas de playa, y estoy más que listo. Sergio, como siempre, no se hace esperar.

Subidos al coche me comenta algo de que mañana habrá tormenta. Que lo ha visto en la tele. Es la típica conversación sobre el tiempo, pero llevada a otra dimensión, comentando efectos adversos del mismo para la economía, las relaciones humanas y los matrimonios heterosexuales. Típica charla insustancial para hacer que el conductor no se duerma y que el viaje no se haga demasiado largo.

- Éste es el viaje del héroe, tío.

- ¿Éste?

- Hablo en general, de la vida.

- ¿La nuestra?

- Por ejemplo.

- Más o menos te entiendo. Estamos llamados a algo, pero al principio lo rechazamos.

- Y luego mataríamos por tenerlo, y eso es lo que hacemos.

- Pero la cosa acaba mal, siempre.

- Los héroes mueren, ¿no?

- Según la idea tradicional del viaje del héroe y todo eso, no sería ese esquema. Y nos falta un enemigo sobrenatural, o algo así. Pero bueno, tienes algo de razón.

- Qué linda conversación filosófica, ¿eh?

Para que se ande con estos rodeos, debe haber algo que Sergio quiere decirme. Normalmente es más directo y evita abstracciones y alegorías. También el coche da rodeos, y empezamos a meternos por carreteras que no conozco, alejadas de la principal que recorre la isla.

- ¿Carreteras secundarias?

- Más bien de reparto. Es para llegar al sitio.

Por cierto, él también lleva un pantalón corto y una camiseta de andar por casa.

- ¿Me dices dónde es?

- Llegamos en nada, no seas pesado.

A la media hora, tras atravesar un camino lleno de baches y sin pavimentar, hemos llegado. El sitio es apabullante, tan bello que destruye por un momento los sentidos. El olor a mar en el aire y la brisa acercándose. Las montañas por encima de nosotros, gigantes a los que les somos indiferentes. Y luego un pequeño camino de tierra que sigue, sinuoso, a un paso entre ellas, para llegar a una cala de arena negra donde no hay absolutamente nadie. Nadie más en el mundo. Nadie más para ver el reflejo del sol en el mar. Nadie más para desear ser la gaviota que nos sobrevuela. Nadie más sintiendo el tacto de arena entre los dedos, cálida y casi viva.

Las gafas de sol de Sergio se encuentran con mis ojos. Está sonriendo, aunque se nota que el gesto tiene algo forzado.

- Menudo sitio. – le digo.

- Ideal para traerse a alguien especial, mariconeos aparte. Voy un momento a pillar una cosa al maletero.

Lo veo desandar sus pasos, de vuelta al coche, y por un momento estoy absolutamente solo. Tal y como vine al mundo, salvo por el tema de la ropa y la estatura y no estar lleno de sangre y…En fin, esas cosas. Hay muchos sonidos en una playa cuando no tienes que estar pendiente de una conversación. El más evidente es el de las olas, que debe estar en el greatest hits de sonidos favoritos de media humanidad. No es para menos. La espuma bajando y subiendo, el mar golpeando a la tierra y erosionándola en un ciclo perpetuo. Pero no es el único sonido. Si uno presta atención y se centra en el momento presente, puede escuchar el viento. Los propios pasos. La respiración. Las gaviotas y otras aves. Si el ser humano fuera capaz de arrancarse los pensamientos de la cabeza y quedarse vacío de toda preocupación sería la criatura más agraciada del planeta.

Oigo también los pasos de Sergio sobre la arena, y antes de que pueda decirme nada, ya me he dado la vuelta. Carga con dos cañas de pescar, una azulada y otra verde. Me pasa la primera con la mayor de las reverencias, y creo que es la segunda vez en mi vida en la que sostengo una.

- ¿Sabes pescar?

- ¿Se puede pescar algo aquí?

- Lo dudo. Los peces no son tontos y nos verán venir a la legua.

- ¿Entonces?

- Lo importante es la actividad. Estar concentrado, en silencio, ¿entiendes?

- Más o menos.

Rápidamente me instruye en lo básico. Se ve que la cosa ha sido improvisada, así que lo que ha traído como cebo da bastante pena. Dos barras de pan divididas a la mitad. Dos de las mitades son gomosas y son las que ponemos en el anzuelo. Luego vamos hasta unas rocas y nos subimos, quedando muy poco por encima de la altura del agua.

Lo siguiente es reducir a migas lo que queda de pan y echarlo al mar, en abundancia. Se supone que eso atraerá la curiosidad de los bichos y hará que se acerquen al cebo y se lo intenten llevar de un bocado. Cuando note que algo tira, lo “único” que debo hacer es recoger la caña. Lo difícil no es eso, sino lanzar el maldito sedal al agua, que me lleva tres intentos y las risas de Sergio.

Pasamos un buen rato callados, concentrados en la presa. Una presa no deseada para la que estoy esforzándome más que con una que sí lo fuera. El mar moviéndose. Estoy concentrado en la tarea. Por un rato, incluso consigo tener el cerebro apagado, vacío de preocupaciones y de pensamientos. Soy uno con la conciencia universal, el medio ambiente y la paz mundial. Soy un maestro zen. Soy la caña.

Y soy incapaz de mantener la concentración. Escasos minutos después salgo del Nirvana. Los pensamientos vuelven a mi cabeza. Vuelvo a ver triángulos en todas partes.

- Flaco…

Sergio tarda en responder, como si la distancia que hay entre nosotros dos fuera de miles de metros.

- Dime.

- Estoy jodido.

- ¿No te gusta lo de pescar?

- Qué va, eso está bien. Es Marta.

- ¿Has tenido movida con ella?

- Eh…no exactamente.

- ¿Entonces?

- ¿Te hablé de la macrofiesta del fin del mundo?

- ¿La rave ésa?

- Ésa.

- La cagaste allí.

- No sé por qué…Me metí de todo. No tenía esa necesidad. Podía haber quedado con ella, pero fui y me pillé un ciego espectacular.

- Bueno, es positivo tener tu espacio personal para ti…

- Me lo hice con otra tía.

- ¿Estaba buena?

- ¿Qué pregunta es ésa?

- Para saber por qué lo hiciste.

- No lo hice porque estuviera buena.

Espero que ahora no me responda que si entonces era fea. Pero ésa sería más bien una respuesta de Óscar. Por eso lo hablo con quien lo hablo. Porque no quiero bromas. Porque necesito ventilar lo que hay dentro. Sacarlo a la superficie.

- No sabes por qué lo hiciste, ¿no?

- No.

- Y las drogas no son excusa.

- Sabes tanto como yo que no.

- ¿Ella lo sabe?

- No, claro que no.

No es una opción decírselo. No quiero hacerle daño. Bueno, uno nunca quiere hacer daño a los demás, pero termina arreglándoselas para hacer lo más adecuado para herir y reventarle el corazón a sus seres queridos.

- “Ojos que no ven…”

- Estoy jodido, flaco. Muy jodido. No puedo mirarla a la cara sin acordarme de la otra tía.

- ¿En qué sentido?

- No de que me gustara, joder. Ni siquiera sé su nombre ni nada. No es eso. Es más bien, recordar lo que he hecho. Acordarme de mi error. Lo veo cada vez que estoy con ella. Anoche follando lo pasé fatal…

- ¿Y qué vas a hacer?

- Nada. No sé…

- ¿Sospechas de que ella te haya hecho lo mismo?

- Qué va. ¿Por?

- Igual lo has hecho por celos, o algo así. En plan “guerra preventiva”.

- ¿No se supone que los celos son porque no queremos que nos lo hagan a nosotros?

- Bienvenido a la humanidad.

Nos callamos. Sergio parece algo incómodo, preocupado. He estado en situaciones así y tampoco se me ha ocurrido nada que decir. La idea es escuchar. Tampoco me siento especialmente mejor, aunque estoy más tranquilo. Intento centrar de nuevo la atención en la pesca y él me sigue. Pasamos otro rato más en comunión con la naturaleza, desapegados del mundo, y no sé cómo lo hago, pero consigo no echarme a llorar.

lunes 9 de junio de 2008

Nudo

Una relación de pareja que quiera triunfar necesita estabilidad. Una serie de grilletes y cadenas en los que tener cierta libertad, que te aten a un destino común mientras te permiten una cierta independencia. Eso es lo que pone, palabra por palabra, en el libro de autoayuda.

Estoy sentado en el sofá y es viernes otra vez. He vuelto de trabajar con poco ánimo, cada vez peor desde que hablé con Adrián. Mi nuevo amigo íntimo, Adrián. El que me pregunta lo que es valioso. Aunque puedo entender que haya hecho esa pregunta, y que, sin duda, debe tener algún tipo de valor terapéutico, para mí no es más que una tortura. Aprovecho los momentos en los que mi mente vaga más allá del tranvía, o cuando miro por la ventana esperando a la próxima entrevista. Intento mirar hacia dentro, hacer algún tipo de introspección. Pero siempre es la misma maldita respuesta. Nada, y punto. Quizá es que es nuevo en esto de ser psicólogo, y aún no comprende la magnitud de la tragedia. Sus intenciones serán tan puras como la nieve del Everest, pero sólo consigue hacerme daño y lanzarme con más fuerza a los brazos de la depresión.

El libro de autoayuda tampoco dice mucho más. Sigue dando vueltas con el tema del “yo iluminado” hasta hacer que me maree. Trae consejos para todo, como si fuera una fuente de felicidad. De momento, ninguno está sirviendo. Aunque resulta interesante lo de las cadenas. Leí algo sobre que las parejas que más duran son las que tienen amigos en común. Muchos amigos en común, tan amigos de él como de ella. Y también se llevan bien con sus familias (especialmente los suegros). Lo llama “red social”. Cuanto más grande sea la red, más caídas puede parar antes de romperse. Nadie puede negar lo hermoso de la metáfora, y la lógica que puede tener.

Por eso le he pedido a Marta que me presente a su familia. Y yo le presentaré a la mía. No son más que unos meses, pero según el libro, ya va siendo hora. Y, aún con mis dudas, necesito todos los asideros posibles, y éste es uno que tiene metáforas preciosas.

Me dijo que no era mala idea, pero que hoy no le apetecía. Que no estaba muy por la labor de salir, y que si me pasaba por su casa a ver una película. Le sugerí una sobre unos monjes que no tienen emociones y queman obras de arte, o algo así. Creo que Óscar me la recomendó. O igual Sergio, la verdad es que no lo recuerdo bien. El del videoclub, un tipo alto de mirada perdida (realmente daba miedo) me dijo que estaba muy bien. Que me gustaría. No le pedí su opinión, y tampoco era requisito sine qua non que la película estuviera bien y me gustara. Hoy en día, la mayoría son un bodrio infumable que cumple su función: acelerar el tiempo hasta que tengamos algo más interesante que hacer.

Tiro el libro a un lado del sofá y me levanto. Todavía tengo que darme una ducha (luego me daré otra en casa de Marta, y aunque lo sé, tampoco puedo evitar la ducha de antes de salir de casa, de antes de quedar) y elegir qué ropa ponerme, así que debería darme prisa. Marta es valiosa. Sé que es valiosa. Pero cuando me pongo a rebuscar lo que hace una vida algo digno de ser vivido, ella no está. Es evidente, ¿no? Tanto ella como yo sabemos que las cosas tienen un fin. Hace unos años habría pensado lo mismo, pero todavía alguna parte de mí se habría levantado en armas contra la afirmación. No puedo anotar en mi lista de cosas valiosas a Marta, porque dentro de un tiempo dejará de estar. Y puede que incluso la odie. O peor aún, no sienta absolutamente nada cuando piense en ella. Quiero, pero no puedo darle esa importancia.

Entro en el baño y veo mi cara en el espejo. No sé cómo voy a lograr engañarla esta noche. Es obvio que soy culpable de algo. Todo mi cuerpo me delata. Son estos ojos los que la mirarán, ojos que la traicionaron el domingo pasado. Mis dedos acariciando su mentón, aún cargando piel muerta de otra. Aparto la mirada. Creo que quiero llorar de furia. Llaman al teléfono. Doy las gracias al deus ex machina por salvarme.

- ¿Diga?

- Digo, pequeña.

Es Sergio. No hemos hablado mucho desde la última vez.

- Joder, estaba justo pensando en ti.

- Resérvate los bultos de la entrepierna para tu novia.

Le escucho reírse. No sé lo que decirle, pero también sé que hay algo que debo decir. Si no lo hago, estallaré.

- ¿Cómo te van las cosas?

- Bueno, ya sabes. Como siempre.

- Siempre como siempre.

- Claro.

- Imagino que ahora mejor, con buena compañía.

- A veces, sí.

- ¿Y las otras veces?

- Peor, flaco. No sé, esto no es algo que haya que hablar por teléfono, ¿no?

- Puedo pasarte a buscar.

- He quedado con ella.

- Entonces te paso a buscar mañana. Han abierto una cafetería nueva y tienen unas tartas que te van a hacer llorar.

- Me vendrá bien.

- Déjate de boberías y hazla una mujer esta noche, anda.

- Sí…

- ¿Lo harás por mí?

- Sí, sí.

- Entonces nos vemos mañana.

Voy a responderle, pero ya ha colgado. Había algo en su voz. ¿Celos? ¿Envidia? No lo sé. Pero había algo raro. Vuelvo al baño, me quito toda la ropa y giro la llave del agua fría. Casi grito cuando caen los primeros chorros, pero ahora mismo es lo que necesito. Si fuera agua caliente, empezaría a cantar en la ducha. Y no me conviene ahora mismo. Llevo toda la tarde con una canción metida en la cabeza. Intentaba pensar en cosas valiosas y aparecía. Como si fuera un fantasma y yo la casa encantada, habitándome sin salir ni un puto momento. Dándole más peso a mi amargura.

Termino rápido de ducharme, hay temperaturas que el ser humano no puede tolerar, y una de ellas es el agua fría de ducha, que debe de ser tan insoportable como salir en mangas de camisa por la Antártica. E igual de sano, por mucho que digan. Como un zombi me arrastro hasta la habitación a buscar la ropa. Hace frío en la calle, y tampoco vamos a salir a ningún sitio, así que debe ser más funcional que elegante. Más ética que estética. Hay una chaqueta oscura que llevo tiempo sin usar en el fondo del armario. La cojo para darle una segunda oportunidad, la libertad condicional para la ropa. Añado una camiseta verde oscura y unos vaqueros. Me pongo las zapatillas y estoy listo.

Me sorprendo hablando en voz baja caminando hacia el tranvía. “Yo podría ser tu esclavo.” Así es como empieza. Lo peligroso de la música en tu lengua materna es que entiendes la letra. Y hay varias cosas peligrosas de entender la letra. La primera es pillar una decepción enorme con el grupo. La segunda es darte cuenta de que hay gente que siente lo que tú sientes. Porque te están dando la razón. Te están diciendo que tu comportamiento es el adecuado. Y, ahora mismo, en mi cabeza, hay alguien susurrándome que una vida de esclavitud hacia otra persona es lo mejor que puede haber. Alguien que está reafirmándome. Sería perfecto que la canción hablara de cómo arreglar haberle puesto los cuernos a esa persona. Sí, sería de gran ayuda.

La mente ocupada en lo que subo y bajo del tranvía, buscando las cosas valiosas. No encuentro nada, salvo la melodía recorriéndome de arriba abajo. Intento defenderme apurando el paso, entregándome al frío de la noche. Calle tras calle, como la primera vez que fuimos, apenas sin prestar atención. Una mano invisible me empuja y lo agradezco. Al final consigo esquivar la canción al llegar a la puerta del edificio.

Es llamar al portero y abrirse automáticamente. Subo las escaleras a trompicones y vuelvo a ser el peregrino que fui, nervioso. Con el corazón a mil revoluciones por minuto. El mismo corazón que bombeó la sangre al miembro equivocado el domingo. Ese mismo corazón traidor que tenía que haberse agrietado antes que ceder un milímetro.

La puerta se abre. Lo primero que veo son los ojos de Marta, brillando. Pensar en ellos no le hace justicia a la realidad. Me recibe con un beso en la boca. Es uno de esos besos que tienen más de ternura que de pasión. Me encanta que casi siempre bese así, que no le dé miedo mostrar lo que siente. No, le gusta dejar claro lo que piensa, y no necesita enmascararlo en polvos y más polvos para no tener que decirlo. En ese sentido, es muy distinta a la mayoría de gente que conozco.

- He traído la película.

Me pone el índice en la boca, como mandándome a callar. Hace eso constantemente.

- Claro, la película. Pues ya puedes irte, ¿no?

- Si quieres…

- ¡Idiota!

Está claro que a ninguno de los dos nos interesa demasiado ver a los monjes quemando cuadros. Aunque sean pistoleros. La canción vuelve a mí e intenta salir a flote, pero logro contenerme. Entramos a su piso y nos sentamos en el sofá que tan bien conozco ya.

- ¿Qué tal ha estado la semana?

- Bueno, como siempre.

- Pareces programado para decir eso.

- Es que es la verdad…

- No debería serlo.

El mítico “como siempre” no funciona con ella. Y eso es bueno, pero también es malo. Con el resto del mundo, es la respuesta válida cuando no quieres pararte a pensar en cómo está siendo tu vida. Aceptan esa respuesta y te dan la misma, y ya puedes hablar de cualquier otra cosa. Porque si te parases a pensar y te dieras cuenta, efectivamente, de que siempre es como siempre, enfermarías y acabarías marchitándote como una flor. El mundo se extinguiría por pura rutina. Marta lo sabe, sabe que el mundo está loco y que no es más que una repetición de lunes a viernes. Quiere hacer algo por cambiarlo. Por eso intenta ir a clases de cualquier cosa. Y cuando digo cualquier cosa, es cualquier cosa. También va a conferencias, exposiciones. A la playa los días que no hace calor. Alguna vez me llama para que vayamos juntos, pero la mayoría quiere hacerlo sola. Dice que así es mejor, y es cierto. A mí me apetece más estar en casa, sentado en el sofá, haciendo cualquier cosa.

- Bueno…

- Yo estuve ayer en una entrega de premios.

- ¿Una entrega de premios?

- Literarios. Le dieron uno de los premios a mi primo.

- ¿Escribe?

- Por eso le dieron el premio.

Su respuesta me hace reír. Creo que, al menos, la risa sigue existiendo sin haber sido tocada por otra.

- Fue por un relato. No me ha dejado leerlo, porque al parecer, debe ser inédito.

- ¿También para la familia?

- No sé, le dará vergüenza. Pero bueno, la entrega estuvo muy bien, y quedó segundo.

- ¿Qué era, de relatos?

- Narración breve, que queda mejor. Pero sí, básicamente eso. El suyo se llamaba “Fantasmas de las Antípodas”.

- Menudo nombre.

- Dice que cuando lo lees lo entiendes, pero si no me deja leerlo…

Seguimos hablando un rato más de eso, hasta que la conversación va tomando otros derroteros. Aún no me ha preguntado qué tal lo pasé el domingo. Pero debe notarlo. Debe ver la traición en cada uno de los poros de mi piel. Mi piel, áspera y contaminada por manos que no eran las que deberían ser.

- ¿Ponemos la peli?

- Venga.

La ponemos. La verdad es que no está mal. La descripción de los monjes quemadores de cosas no hacía verdadera justicia al argumento, pero siempre es así. Siempre hay gente que te cuenta las películas y hace que no quieras verlas, cuando al final resultan ser buenas. Deben estar en nómina de estudios rivales, o algo así.

Al acabar estamos los dos juntos, muy juntos. Con el mando le doy el golpe de gracia a la situación, apagando la pantalla. Solos en la oscuridad y con frío en la calle. Pocas situaciones mejores se me ocurren. Estoy temblando. Sobrecogido. La canción sigue dentro de mí. Pero más dentro aún está el hecho de que este momento no entrará en la lista de cosas valiosas de la vida. Es sólo un instante. Dentro de unas horas habrá muerto. Podré recordarlo, y con el paso del tiempo será cada vez más mítico, más importante. Pero lo será porque está lejano, y porque probablemente estaré peor cuando lo recuerde. No tiene ningún valor, salvo los sentimientos que hay ahora. Un catálogo inmenso que abarca la inseguridad, la culpa y, tal vez, el amor. El más importante de ese catálogo es el miedo. Miedo porque esto se acabará y dejaré de tenerlo. Miedo porque estará en mi recuerdo.

- Estás temblando.

No sé lo que responder. Sólo quiero que me abrace.

- Estoy un poco nervioso.

- ¿Nervioso?

- Preocupado por una cosa del trabajo.

Es evidente que no se lo traga. Sabe de sobra que mi trabajo me da igual. Y sabe más de sobra que no me pondría a pensar en el trabajo estando con ella. Pero acepta la respuesta, y por un rato más no dice nada. Un rato que es más importante que el resto de cosas. Un rato que interrumpe para decirme algo más importante aún.

- ¿Sabes?

- ¿Sí?

- Te quiero.

Es la primera vez que me lo dice, y yo no sé qué responder. No estoy preparado para esto. No estoy preparado para que me diga que me quiere tras haber estado retozando con una tía anónima que no me interesaba. No estoy a su altura. Y no debería responder, pero lo hago, haciendo que el problema sea mayor aún.

- Yo también te quiero.

Quiero decirle que yo siempre seré su esclavo. La canción vuelve a mí y el grupo se llama Triángulo de Amor Bizarro.

miércoles 28 de mayo de 2008

Lo que es valioso

Alguien me dijo una vez que si vas al psicólogo por la Seguridad Social, acabas teniendo más posibilidades de suicidarte que las que traías de serie. Bueno, no fueron las palabras exactas, pero probablemente se refería a que te dan cita cada medio año si no vas urgente, y cada mes si vas urgentísimo al borde del colapso nervioso. Por otro lado, las calles están cada vez más llenas de placas de licenciados en psicología, y algunas incluso traen algún añadido del tipo “especializado en niños” o lo que toque. Como si la desidia estatal por la salud mental de su gente hiciera lucrativo el negocio de la psicología.

He pasado el día llamando a varios sitios en vez de trabajar. El precio medio por la consulta es de unos cincuenta euros. Dos de ellas me dijeron que tenían hueco para hoy mismo y que estarían encantadas de atenderme. Que la primera consulta era gratis. Igual que la primera dosis. Una tenía acento catalán y sonaba algo vieja. No es que tenga nada en contra de los catalanes, pero sí de contarle mis intimidades a un anciano que no tiene por qué entenderme. Puede que sean prejuicios. La otra chica, simplemente, no me gustó por lo que dijo al teléfono. No lo recuerdo muy bien, pero sé que no me gustó.

Terminé decantándome por un tío. Álvaro. O Alberto, no recuerdo bien. Me dijo su dirección, así que buscaré su placa y tendré toda la información que necesito. Me resultó simpático cuando hablamos. Igual porque es un hombre, y siempre está la obligación social de que dos hombres se reúnan para contarse cosas de hombres sin que las mujeres miren. A saber.

Afuera es miércoles. Miro la puerta de la oficina como el preso miraría la puerta principal de salida (y entrada) de la cárcel. La misma avidez en los ojos. La misma avaricia. Pero tampoco tengo nada mejor que hacer para el resto del día, salvo ir al psicólogo a pedir una baja. Y espero que estos cabrones la acepten, porque aún no me he cogido ninguna. Nunca me ha dolido la tripa ni se me ha puesto un familiar enfermo el día que llovía demasiado y no me apetecía salir de casa. Bueno, quizá alguna vez, pero no demasiadas. Afuera es miércoles y hace un tiempo de mierda en la calle, bochorno húmedo del tipo “jódete con el cambio climático gracias a los pecados de tus padres y abuelos”. La gente anda desorientada por la calle, de un lado a otro. Cada uno con su historia y yo aquí encerrado con la mía.

- Se te ve jodido, tío.

- Podría ser peor.

No necesito la piedad de Johnny en este momento. Lo malo es que ya hoy he desgastado mi sonrisa de entrevistas de tanto usarla, así que no puedo ser tan falso como para esconder cómo me siento.

- Voy a ir a la bolera luego con unas amigas. Vente.

En Samaria hacen falta buenos tipos como Johnny. Gente que se porte bien con los israelíes a la que hacerle parábolas. Porque aquí, en esta oficina, no queremos buenos samaritanos. Y menos a él. Jodido hipócrita. Un día hablando de traiciones y al día siguiente abrazando a la misma persona. Su compasión es tan dolorosa que me dan ganas de gritar y llorar. Por un momento el mundo parece dar vueltas sobre ejes ajenos al normal. Por un momento quiero responderle que se muera de una vez.

- Gracias, flaco. Pero tengo planes ya.

- ¿Una golfilla, eh?

- Eres listo, Johnny. Llegarás lejos.

Quizá el muy imbécil no atendiera a nada cuando le dije que tenía novia. Aunque no recuerdo habérselo dicho, debo haberlo hecho alguna vez, para que me dejara en paz. Para que parase con el puto tema de las zorras del Messenger y las golfas de internet. Debe saber que no, que no voy a verme con nadie. Pero tiene que deslizar su comentario. Quedar como un hombre. Un hombre de verdad.

- Pues nada, ya me contarás.

El tiempo funciona distinto alrededor suyo. Al menos eso puedo concedérselo. Estoy seguro de que hemos hablado de algo más. De que han pasado por mi cabeza más líneas de diálogo. Si no, no me explico que sea ya la hora de salir. Una campana imaginaria resuena, mis pulmones inhalan con fuerza y suelto el mejor suspiro del mundo, ése que te libera de la opresión de un día entero. Lo cierto es que ya no me siento tan mal, ahora que he salido del trabajo, pero sería un poco desagradable dejar a Adolfo solo en su consulta, cabizbajo, esperando una visita que nunca llegará.

Así que me sumerjo en el bochorno y emprendo la marcha, directo al edificio donde me dijo que tiene su pequeño diván y esas cosas. Está cerca de la oficina, un detallazo para los que no nos gusta sudar por el maldito calor pegajoso. Debería llover de una vez, pero no lloverá hasta que no quiera que llueva. Una jugada típica de Dios, si es que existe.

El edificio me suena. Es la sede de una compañía importante de seguros, y tiene un león en la fachada (creo que esa parte se llama frontón, encima de la puerta). Hay cientos de placas, pero casi todas son de abogados. También puedo ver a un portero, sentado y protegido de indeseables por una mesa enorme. Hacía tiempo que no veía un edificio con portero. El hombre está mayor y casi calvo, con esos míticos pelos de los lados agrupándose para formar lo que pretende ser una melena. Arriba, a la derecha del todo, en el mar de metal, está la placa que busco, y descubro que el psicólogo que va a curarme por fin de todo mal se llama Adrián. He llegado antes de la hora. Bastante antes de la hora.

Miro a mi derecha y unos enormes almacenes comerciales se extienden ante mí. No puedo permitirme entrar si quiero pagarle a Adrián. E imagino que Adrián quiere que le pague. Más abajo hay una cafetería de ésas modernas, donde queda la gente más chic de la ciudad, lo que venimos a llamar “café”. Y arriba, como enfrentada, la típica cafetería de toda la vida donde se reúnen los viejos por las mañanas para tomar carajillos o directamente whisky. Harto como estoy de tonterías, decido ir a la segunda, pedirme un café bien cargado, dejar propina y hacer tiempo mirando el periódico. En la portada salen varios políticos insultándose, algo que termina por hacerse aburrido.

Llegada la hora, me despido y mi voz resuena, como un eco. Apenas hay nadie a estas horas. Mis pasos me llevan de nuevo a la consulta de mi querido Adrián, y no sé cómo imaginarlo. Pero bueno, el misterio terminará pronto. Oprimo con suavidad el botón que corresponde a su piso, y la puerta se abre automáticamente. Entro y el portero se queda mirándome.

- Hola, voy al psicólogo.

No responde, pero al menos asiente. Está en el código de honor de los porteros no tener que preguntarte a dónde vas. Si lo hacen, pierden puntos. La idea es que su mirada sea tan despectiva e inquisidora que tengas, entre sudores y lágrimas, que soltárselo tú. Bueno, el melenudo lo ha conseguido, ha ganado el duelo de miradas, y se queda contento pensando que el tío joven que acaba de entrar necesita ir al psicólogo.

Es un quinto piso, pero hay ascensor. Sería un poco estúpido hacer subir a tus clientes por las escaleras, ¿no? Al llegar, es un pasillo con un montón de puertas, casi todas de abogados, y en una de las esquinas, la que ando buscando. Tiene una plaquita con el nombre y apellidos de Adrián y su titulación. Decido dejarme de preámbulos y rodeos. Mis nudillos golpean la madera con suavidad, deseando que haya una respuesta dentro.

Al poco se abre la puerta y una cabeza con pelo rubio oscuro se asoma. Es más joven de lo que pensaba. De hecho, podría tener perfectamente mi edad. Me fijo en su boca, y tiene la marca que deja un piercing al quitártelo. Debe ser un tipo enrollado.

- Hola, venía para una cita...

- Sí, sí. ¡Qué puntual!

Me sonríe y tiene los dientes bonitos, aunque un poco amarillentos por el tabaco, el café o alguna malformación congénita. Imaginaba que llevaría una bata o algo así, pero no. Lleva puesta una camisa de rayas (fondo marrón, rayas negras) y unos vaqueros, negros también. No le miro a los pies, pero supongo que llevará zapatos a juego. Sus ojos son marrones tirando a verde terapia. Me tiende la mano y yo la estrecho. Nos presentamos, aunque ya sabemos el uno el nombre del otro.

- Pasa, por favor.

La consulta no es muy grande. A la entrada hay una pequeña sala de espera con sillas que parecen cómodas. Pero no hay nadie esperando. También hay cuadros. Cosas relajantes, como el mar, una puesta de sol…Y un hilo musical que me recuerda la última vez que fui al dentista. Le persigo hasta girar a la derecha y dar con una puerta abierta. Los dos entramos. Hay dos sillones frente a frente, dos estanterías llenas de libros de psicología (supongo, no los miro todos) y poco más. Los colores son agradables, cálidos. Amarillo pálido en las paredes, ese único tono de amarillo que no es chillón y no distrae. Hace un gesto con la mano para que me siente y yo le hago caso.

- Bueno, cuando hablamos más o menos me contaste lo que te pasaba, ¿no? ¿Qué tal te encuentras ahora?

Es la peor pregunta que podía hacerme. No me ha hecho rellenar fichas ni me ha tumbado ni me ha pasado un test ni nada de eso. Es como intentar bucear antes de saber nadar. No sé qué responder.

- La verdad es que no sé.

- ¿No sabes cómo te sientes?

No parece sorprendido ni indignado. Tampoco parece que le interese especialmente, y eso es bueno. Odio el falso interés y ya he tenido demasiado hoy.

- Sé que no me siento muy bien. Pero no me siento especialmente mal.

- ¿Como en medio?

- Eso.

- ¿Y qué esperas lograr viniendo?

Una vez, de fiesta, una tía me dijo que era psicóloga. Tenía pinta de haber bebido varias copas de más. Me contó que sabía cuándo mentía al mirarme a los ojos. Yo no le hice mucho caso, pero empieza a preocuparme. Espero conseguir una baja por depresión. Creo que me siento deprimido. Pero no es nada elegante decir eso.

- Eh…¿mejorar?

- No pareces muy seguro.

- Mejorar, mejorar. No me salía la palabra.

- No te preocupes. De todas formas, cuando no estés muy seguro de algo, prefiero que me digas que no sabes, ¿de acuerdo?

- De acuerdo.

- Por teléfono me dijiste que estabas deprimido. ¿Por qué piensas que estás deprimido?

Eso es algo que no sé. Al fin y al cabo, el psicólogo es él. Tenía que haber leído una lista de síntomas o algo así.

- Pues…no me suelo sentir muy bien.

- Ajá. ¿Qué tal estás durmiendo?

- Más o menos igual que siempre.

- ¿Comes bien?

- Lo mismo que antes de estar deprimido.

- ¿Has llegado a pensar en…acabar con todo?

- Creo que no.

- Vale. Si quieres puedo pasarte un test o podemos seguir hablando de esto, pero no parece que estés deprimido.

- ¿Y qué me pasa?

- Bueno, una cosa es una depresión, y otra es tener síntomas. O tener problemas en la vida.

Fantástico. Para decirme que todos tenemos problemas y que hay que aprender a sobrellevarlos ya tenía al maldito libro de autoayuda. Espero que al menos innove un poco y no se ponga a hablar de mi yo luminoso y de cómo tengo que mantenerlo ardiendo, con un fuego inextinguible que lo alimente para siempre.

- ¿Entonces?

- Vamos a hacer algo que va a ayudarte a mejorar, pero no es terapia ni nada de eso. Es necesario que te comprometas y que explores un poco cuál es tu forma de ver la vida y cómo quieres que sea.

- ¿Me va a ayudar?

- Sólo si te ayudas tú mismo. Pero por eso has venido, ¿no? Porque quieres ayudarte.

No tengo demasiadas ganas de ponerme existencialista. No me gusta. Pero algo tengo que hacer para cambiar las cosas. Y estoy seguro de que tengo una depresión. Por muy psicólogo que sea mi amigo Adrián, no puede estar tan seguro de que no la tengo con un par de preguntas. Tampoco me ha preguntado por mi pareja. Debería haberlo hecho. Tengo ganas de hablar de eso. Sólo hablar de eso y pasarle la culpabilidad a alguien.

- Bueno, podemos hacerlo.

- Perfecto. Voy a hacerte una serie de preguntas y quiero que pienses bien antes de contestarme, ¿ok?

- Ok.

- ¿Cómo sería una vida valiosa para ti? ¿Cómo es una vida que merece la pena ser vivida?

La pregunta me coge con la guardia baja y me engancha tres puñetazos directos a la cara. Miro hacia el techo. Miro a los lados. Me gustaría tener uno de esos manuales de psicología que hay en las estanterías. Probablemente ahí salga una buena respuesta. ¿Qué tiene una vida que merece la pena ser vivida? Compañía, probablemente. Una compañía agradable con la que matar a la soledad. Y, bueno, lo típico. Una casa, un coche, un perro, un hijo y medio. Días soleados en el jardín jugando a darnos manguerazos. Ahorrar y poner una piscina en el patio donde enseñar a los críos a nadar y cometer alocadas tropelías con el perro. Tampoco es que me haga demasiada ilusión lo del perro, pero así es como deben ser las cosas. Así es como me han vendido la vida que merece la pena. Sigo mirando al techo, intentando encontrarme a mí mismo ahí. Miro a los ojos a Adrián. Tiene una cara a medio camino entre la cara de póker y la cara de interés distante. Se le ve paciente. Más paciente que yo, que empiezo a hartarme de pensar en cómo debe ser una vida que merezca la pena. Algo cómodo. Estar tumbado en el sofá y ver películas hasta la noche. Salir a dar un paseo y ver algo bonito. Meterse bajo la manta y encontrar el calor que falta. Dar varias vueltas por la cama pensando que aún no hace falta despertarse. Pero creo que eso tampoco me vale. En mi mente hay una gran imagen que me dice la verdad: un lienzo en blanco. Blanco, y nada más.

- Voy a hacerte mejor la pregunta, ¿vale?

- Vale.

- ¿Qué querías ser de niño? ¿Qué sueños tenías?

Vuelvo a mirar al techo. No tengo ni idea. Astronauta o algo así. ¿Con qué sueñan los niños? Bueno, los de hoy en día no me valen, porque estoy seguro de que no soñaba con tener el mejor móvil o algún politono impresionante. ¿Paleontólogo? Recuerdo que me gustaban los dinosaurios y podía decir todos esos nombres extraños sin dificultad. Pero los dinosaurios muertos no son tan interesantes, y andar excavando no me llama demasiado la atención. Volar. ¿Ser piloto? Desde luego. Pero con eso soñamos los adultos también. No trabajar nada, hacer todas las huelgas que quieras y poder decir tonterías por un megáfono mientras la gente te aplaude tras aterrizar.

- Podemos empezar a trabajar con eso. ¿Te viene bien volver el miércoles?

- Claro.

- Entonces voy a mandarte tarea.

Lo dice y se ríe, con una risa tímida y entrecortada. No tengo demasiado claro cómo me siento o si esto ha servido para algo.

- ¿Tarea?

- Quiero que pienses en lo que te he preguntado. Que dediques un rato esta semana, cuando estés tranquilo, en casa, a explorar. Me gustaría que lo apuntaras en un papel. Posiblemente si te pones a escribirlo, acabe saliendo solo.

- ¿Tengo que traerlo el miércoles?

- Claro, así podremos tratarlo en la próxima sesión.

- Lo traeré.

Se levanta y me acompaña a la puerta. Se despide deseándome un buen día, como si estuviera convencido de que voy a tenerlo. No ha sacado el asunto del dinero en ningún momento.

- Oye, – le digo, antes de salir - ¿qué tengo que pagarte?

- Ay, es verdad. Bueno, por lo de hoy, nada, porque no hemos empezado aún. Para el miércoles, lo que hablamos por teléfono: con cincuenta euros va bien.

Me vuelve a repetir que tenga un buen día y estrecha mi mano con fuerza. Se le ve lleno de energía. Debe tener muy claro lo que es valioso para él. Todavía no lo tengo decidido, pero dudo que aparezca el miércoles por aquí. No tengo ganas de sentarme a pensar. O, más bien, no creo que pueda encontrar nada por mucho que piense.

lunes 26 de mayo de 2008

Verdaderoamor

Vuelvo a estar subido en el tranvía. Ya es martes y tengo que trabajar. No recuerdo demasiado bien cómo conseguí llegar a casa una vez desperté en aquel coche. Tampoco tengo en la memoria el nombre de aquella tía. Mis ojos están a medio cerrar más que a medio abrir, sucediéndose las paradas mientras bostezo más y más. Todavía hay partes de mí que no se creen nada de lo que pasó la noche del domingo.

El día está nublado. Creo que el lunes llovió mientras me arrastraba de vuelta a casa. Sí, estoy casi seguro. Tengo la alfombra en la lavadora, manchada de barro y cosas peores.

Siento el pecho oprimido. Tengo la respiración entrecortada. Mi cuerpo debe estar aún purificándose de todo lo que entró y no tenía que haber entrado. Imagino a mis glóbulos blancos, aún algo borrachos, tambaleándose de un lado a otro, combatiendo el crimen de la forma menos eficaz posible. Tengo los codos raspados, igual que las rodillas, pequeñas costras por mil sitios distintos de mi cuerpo. Las plaquetas también deben haber estado de juerga. Harían falta unas cuantas explosiones para sacar todo lo malo que hay dentro, y no parece que vayan a llegar.

En el trabajo me estará esperando Johnny con alguna anécdota estúpida del fin de semana. Habrá gente que quiere encontrar algo bien remunerado (a la que, por supuesto, no podré complacer). Quizá alguna cara conocida. Quizá otra tía que luego me reconozca en una fiesta y quiera destruirme. No lo sé. Bueno, realmente, me da igual. Habrá mucha gente en esa maldita oficina esperando por mí. Necesitándome. Y yo llegaré, me sentaré, seguiré con los párpados caídos del cansancio, y no haré nada bien.

¿Para qué? La sensual voz de la chica del tranvía me indica que estoy cerca ya de bajarme. Huelo mi propia colonia y me siento más sucio que nunca. Ayer me di dos duchas y aún me quedaba porquería entre las uñas. Tenía ganas de mordérmelas y hacerlas sangrar, pero no podía arriesgarme a meter esos dedos negros y asquerosos en mi boca. Tenía muchas ganas de hacerme daño. No de suicidarme ni de nada así. Eso sería estúpido. Eran ganas de pagarla conmigo mismo con mis errores, pero sin pasarse. Una magulladura, un pequeño corte o algo así. Que saliera un poco de sangre y me diera por castigado. Estuve un rato dando puñetazos al armario, con suavidad. Eso no llegó a ningún sitio. Parecían más bien caricias. Me daba un poco de miedo hacerme daño de verdad, así que paré enseguida y no había rastro de los golpes en los nudillos.

El tranvía para, y estoy a punto de salir si no fuera por dos viejas que se quedan en medio de la puerta, como barreras de carne. Enfilo hacia la siguiente que tengo más cerca, y por un momento me quedo parado. Mis ojos encuentran a una pareja, hombre y mujer. No sabría decir la edad, porque están destrozados por la droga. Podrían aparentar tanto sesenta como treinta años. Ella le tiene cogida la mano a él, y se miran con una ternura que duele y da asco a la vez. Consigo salir, no sin esquivar a otra persona que no debe saber que antes de entrar hay que dejar que la gente escape del maldito sitio, y me quedo anonadado, pensando. Recuerdo haber visto más parejas de yonkis, bastante a menudo. Les faltan dientes. Algunos tienen los típicos tatuajes de la cárcel. Pero siempre van juntos, hombre y mujer. Siempre acaramelados como si fuera la última vez.

Me estremece pensarlo. Yo no he tardado nada en ponerle los cuernos a mi novia, por la que se supone (y así es) que siento algo. Y ellos siguen ahí, tras los años de heroína reventándoles las venas, juntos. Más juntos que cualquier pareja que conociera. Como si el amor que sienten fuera tan verdadero como su dependencia a la droga.

Tengo la puerta de la oficina delante. Hay un cartel pegado a ella, un estudiante que se ofrece para dar clases particulares de matemáticas. Me duele muchísimo la cabeza y no me apetece, en absoluto, consumir mi vida ahí. Igual es momento de pedirse una baja por depresión, o algo así.

lunes 19 de mayo de 2008

Poliamor

El sitio es una antigua leprosería abandonada. Pero también tiene cosas del Ejército del Aire, así que supongo que también habrá pasado por manos de los militares. La música inunda mis oídos tanto como la soledad mi piel. Soy uno más en este mar de gente, sufriendo mis tímpanos el chunda-chunda que se supone que va a unirme al resto de la tribu. Una antigua leprosería. Una explanada enorme, y pequeños edificios llenos de graffitis, condones (algunos usados, algunos sin usar, otros a medio usar) y puede que jeringuillas.

La gente permanece como zombis, asediando los edificios, pero fuera de ellos. Yo formo parte de esa gente, así que tampoco entro. No quiero pillar el tétanos o algo peor. Hay altavoces enormes por todo el lugar. Coches que se unen también al sonido con sus cláxones y energúmenos gritando desde dentro. Cervezas vuelan de un lado a otro.

Estamos en el norte recóndito de la isla. Se supone que esto es ilegal, pero me suena ver la cara de, al menos, dos tipos que he visto alguna vez uniformados. Policías que se han unido a la fiesta. Al fin y al cabo, ellos también son seres humanos en sus días libres. Se supone que es ilegal porque circulan drogas de todo tipo, se sobrepasan los límites saludables de decibelios unas treinta mil veces y se desarrollará algún otro tipo de actividad ilícita que desconozco. Y que me gusta desconocer.

La cuestión es que me siento fatal. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan mal. Llevo una hora aquí, varias cervezas de más, y estoy demasiado lejos de lo que me importa. En resumidas cuentas, no sé lo que hago aquí.

Como ya había predicho, ahora suena una base monótona cuyo único incentivo es la palabra “Sex” repitiéndose una y otra vez. Es menos incitante que una patada en la entrepierna, pero a mi alrededor veo que funciona. Aunque puede que sea el éxtasis. Ahora lo llaman “eme”. La casualidad es dañina.

Se me acerca un tipo bajito, rubio y enjuto. Tiene los ojos verde nuclear y los dientes amarillo helado de limón. Al principio me murmura algo que no entiendo. Luego me doy cuenta de que es una mezcla entre inglés y español que chirría y hace casi tanto daño como la música a los oídos.

- ¿Tienes droga tío?

Creo que me ha dicho eso. Y no sé por qué, pero creo que quiere decirme otra cosa. Su mirada está triste, como la de todos los que estamos aquí. O más bien, perdida. Yo le respondo algo chapurreando francés, no sé el qué. Él tampoco lo sabe, así que sonríe y se va. Es su sonrisa de yonki.

En uno de los rincones, tras moverme durante diez minutos (una especie de huida sin rumbo fijo) encuentro una tienda de campaña. Hay un grupo de hippies (aunque a día de hoy se les suele llamar “perroflautas” por motivos evidentes) fumando porros. Dos chicos y una chica. Me hago una idea de lo que hacen los chicos ahí. La chica está especialmente cariñosa, y aunque está sentada con los pies en posición de flor de loto, mueve su cintura y brazos de un lado a otro. Emula a una sirena, o una serpiente. Puede que a otra cosa. Su ritmo es sensual. Me hipnotiza. Me pierdo cinco minutos en sus vaivenes, hasta que me doy cuenta de la mirada de los dos tíos, que ya decidieron hace rato repartirse los turnos con ella y no quieren compartirla más de lo necesario. Encojo los hombros y me largo, al fin y al cabo, se supone que no me interesa. Se supone que tengo novia.

Hablando de novia, hay una cosa que odio de Marta. Es todo lo contrario a la posesión. No pareció importarle que viniera a esto cuando se lo dije. Y tampoco pareció importarle la bronca del viernes. El sábado ya me había perdonado y le quitaba hierro al asunto. Como si no quisiera discutir. Como si no fuera algo serio para ella. Quizá eso fue lo que me movió a venir.

A venir para nada. Se ve el mar desde la explanada. En la oscuridad, algo que ondula y sobrecoge. Empieza a sacarme de quicio. Éste es un sitio para compartir con ella, no para estar rodeado de politoxicómanos. Doy varias vueltas, ahora huyendo del mar, y vuelvo a estar cerca de la caseta. Efectivamente, uno de los dos tíos ya está magreando a la chica. Miro desde la distancia, y su pelo es precioso. Hay algo que me gusta en ella, así que no volveré a este maldito sitio nunca más. Doy la vuelta para no ver lo que le hacen a la sirena esos dos tiburones.

Esta mañana estuve paseando por un parque que hay cerca de la universidad. Me encantan varias cosas del sitio. Primero, hay muy poca gente, especialmente una mañana de domingos. Puedes levantarte un poco temprano, si te encuentras de ánimos, coger el tranvía, buscar una dulcería con repostería típica (donde pedirte algo con merengue, crema pastelera o nata) y avanzar hasta topar con él. Nadie te va a ver entrar. Nadie va a pensar que estás loco por sentarte a saborear un dulce a las nueve de la mañana. Y nadie va a verte salir. Por otra parte, también hay una fuente donde la gente echa monedas. Tiene dos peces de piedra, que son los que arrojan el agua con una trayectoria casi perfecta. Y el fondo lleno de los mejores deseos de la gente. Uno puede quedarse mirando el sitio e intentar descubrir todas las cosas que se han pedido. Amor. Dinero. Significación.

Me encontré algo en el parque que me hizo demasiada gracia. Una especie de broma. Todas las farolas tenían un cartel donde podía leerse (la letra era enorme) la palabra “poliamor”. Más abajo había una descripción. No lo recuerdo literalmente, y menos ahora que empieza a fallarme la cabeza al estar bebido, pero era algo así: “¿Le has sido infiel alguna vez a tu pareja? ¿No puedes evitar sentir algo por más gente que tu novi@? Únete a nuestro grupo de poliamor, nosotros te comprendemos. El amor debe ser libre porque es lo más hermoso que hay. No tienes por qué limitarlo a una persona”. Luego venía una dirección para una página web. Imagino que los perroflautas de la caseta entrarán con asiduidad. Y, bueno, fue ver el cartel y casi morir de risa. No por lo que decía, no. Fue ver el cartel e imaginar a Sergio, sus ojos eléctricos clavados en los míos. Imaginarlo diciendo algo del tipo “te apuesto una cena a que en ese grupo de gente hay ocho tíos esperando a que aparezca una tía”. Y no sé si será verdad, pero sí sé que me parece una excusa estúpida para justificar que uno piensa más con lo que hay entre las piernas que con el cerebro.

Hay unos mostradores con carteles sugerentes del tipo “a k si” donde la gente se pide la cerveza. No tienen etiqueta negra, evidentemente. Voy a por la sexta de la noche en menos de dos horas. Las cosas empiezan a estar borrosas.

- Hombre, tío, tú por aquí.

El que está sirviéndolas cree conocerme. Nadie me conoce.

- No podía…perderme la cosa.

- Claro que no. ¡Está siendo la caña!

Empieza a costarme hablar. No sé de qué le conozco. Tiene los rasgos genéricos de un fiestero profesional. A saber: camisa apretada, pelo de punta, dientes blancos, gafas de sol de noche. Creo que ha escapado de alguna serie de adolescentes de la tele y me persigue para purgar mis pecados.

- Pon otra, ¿eh?

- A ésta te invito, joder, que hace tiempo que no te veo.

No me pone una cerveza. Lo que hace es deslizarme unos polvos acristalados en la mano derecha. Para mi sorpresa, tengo coordinación suficiente para que no se me derramen.

- Gracias, flaco.

Creo que sé lo que es. MDMA. Éxtasis. Eme de Marta. Alguien me dijo una vez que es la droga de ligar. La gente se siente especialmente cariñosa cuando le da un lametón a los cristalitos. En circunstancias normales no me dedicaría a lamer polvos por la calle, pero hace rato que las neuronas que se encargaban del juicio racional y del tener cuidado con lo que te dan los desconocidos en una rave, así que pienso “¿por qué no?” y mi lengua, agrietada, se desliza por la palma de la mano.

- Es una receta casera, para aguantar más.

- Casera.

- Ya verás.

Su risa es la de una hiena al marcharme. Puede que tuviera razón al pensar que escapó de una serie para castigarme, pero sigo dando lengüetazos hasta que no queda ya nada.

Anoche dormí en la cama de Marta. Me gustó. Demasiado.

Me caigo al suelo y estoy un rato boca arriba. Sé que me he caído porque noto las piedras (con restos de carne de leproso, probablemente) clavándose en mi espalda. Pero ni siquiera me duele. La luna brilla con intensidad encima mío. Hay muchas cosas que no comprendo.

Al rato me pongo en pie, y veo que ahora está todo lleno de trincheras. Los militares salen de sus edificios para acabar con los jóvenes piojosos que se drogan en su zona de entrenamiento. Corro de un lado a otro evitando las balas, y hay gente a mi alrededor que me grita que pare. No tengo un casco y eso puede ser mortal. Tampoco tengo chaleco antibalas. No tengo nada que me sea útil en este momento.

Los disparos siguen persiguiéndome. Zigzagueo y tropiezo con alguien, tirándole al suelo. Acabo de salvarle la vida. Probablemente esté alucinando. Pero el éxtasis no te hace alucinar. No que yo sepa. Tampoco es que lo sepa todo. Por ejemplo, no sé cómo sobrevivir en una guerra de este tipo.

Pasa el tiempo, y estoy sudando, lleno de miserias y barro. Un barro que apesta a alcohol. Llevaba una chaqueta y una camiseta que voy a tener que tirar a la basura. Los disparos han terminado. Sigue habiendo algún militar en lo alto de los edificios. Un francotirador. Grito y le planto cara. No hay nada en mi vida que merezca la pena, así que puede matarme. Creo que digo eso, pero la verdad es que oigo un gorgotear extraño que debe salir de mi boca.

Vuelvo a estar en el suelo cuando recupero la conciencia. He debido estar arrastrándome de un lado a otro para evitar el fuego cruzado. La música suena más fuerte que nunca, y hay menos gente que antes. O han muerto y se han llevado sus cadáveres o se han ido ya del lugar, asustados. Puede que cansados. O puede que con lo que vinieron a buscar. No les servirá de mucho. Me pongo en pie y tengo el pantalón roto a la altura de las rodillas. Eran mis vaqueros favoritos. Aunque eso tiene fácil solución, cambiar de favoritismo, hay algo que me duele. Estoy drogado. Me han drogado, y he roto mis pantalones. No es que me hayan obligado, pero casi. Llevaba siglos sin tomar nada extraño. He vuelto a caer.

Estoy cerca de la tienda de campaña, y no sé cómo me he podido arrastrar, semiconsciente como estaba, a ese lugar que ya empieza a ser familiar. Soy un mentiroso, porque me había prometido a mí mismo no volver nunca al sitio. Unas sombras, como cuando de niño jugaba a proyectarlas en la pared, se mueven dentro de ella. Ya no hay nadie fuera. Pienso que debería estar haciendo lo mismo con Marta, fuera de este lugar asqueroso. Empieza a llenarme la rabia. A recorrerme de arriba abajo. Grito y ahora sí que sale algo inteligible de mi boca.

- ¡Cabrones! ¡Cabrones! ¡Hijos de puta!

Una persona que no puede ser más impersonal me manda a callar, pero debo darle pena por estar en el suelo. Me incorporo para que vea que puedo partirle la cara. No entiendo nada de lo que estoy haciendo. Me siento como un mono al que le han quitado su plátano. No, mejor. Un mono que ha tirado su plátano y ahora quiere que se lo traigan o matará a otro para robárselo. Me suena que alguien me dijo que los chimpancés tienen guerras, o algo así. Bueno, yo empezaría una ahora mismo, pero no sé muy bien por qué. Siento la injusticia. Que alguna cosa en mi vida no es nada justa, y que no puedo hacer nada para cambiarlo. Que he nacido condenado, con algún tipo de tara que me impide salir adelante sin destrozar todo lo que hay a mi alrededor. Sí, todo es excesivamente injusto. Siento necesidad de un pequeño melodrama para sentirme mejor, y ni siquiera Marta me ha dado eso. Se ha negado a discutir. A que tengamos problemas tan pronto. Y yo, que no sé cómo quiero vivir, tampoco sé lo que debo pensar. Lo que he aprendido sobre tener pareja lo he aprendido de las películas. Es necesario que nos gritemos para querernos más. Que nos preocupemos hasta la extenuación. Y ella no me lo ha dado. Por eso estoy aquí, pudriéndome. Con mi pantalón favorito roto. Reclamando algo de atención que no tengo. Quiero volver al viernes por la noche y matar a Carlos para que Marta se fije más en mí. Quiero gritar y entrar en cólera para que me diga que me calme. Llorar abrazado a ella en el sitio especial al que no hemos ido y que algún día desaparecerá antes de que podamos pisarlo los dos juntos. Que me diga que soy una buena persona. Que soy normal. Que no me pasa nada extraño. Que discuta conmigo y luego hagamos el amor con furia. No quiero que me perdone tan rápido y olvide lo malo que pasa entre nosotros.

Sigo bebiendo un rato más cuando consigo levantarme. Vuelve a costarme pronunciar las palabras. Llevo encima un sentido de la justicia que es más de la venganza. Algo dentro de mí que quiere corregir las cosas que pasan y me hacen daño. Las cosas que no tengo.

Cada vez queda menos gente. Menos coches. Hay una mesa de mezclas enorme al fondo y ahora es el turno de la tía del otro día. La música de los pitufos (o algo similar) suena, estridente. La gente se entrega a la locura del “revival”. Recuerdan que una vez fueron niños mientras se drogan cada vez más. Estoy furioso.

Una tía se me acerca. No sé por qué, me recuerda a una ex-novia. También me recuerda a la bailarina serpentina de la caseta. Tiene los ojos marrones y el pelo castaño claro, y lleva una falda larga, un top y una palestina. No es que me guste especialmente su look.

- Yo te conozco.

- Claro.

- ¿De qué te conozco?

- De…

Me besa con fuerza, metiendo su lengua en mi boca como si estuviera cabreada conmigo. Una declaración de intenciones en toda regla. Yo la aparto con la mano izquierda y pocas ganas. Tengo otra cerveza en la mano a la que doy fin. La miro de arriba abajo y mi juicio está cada vez más anulado.

- Tú eras el de las entrevistas.

Respondo con mi sonrisa beoda de entrevistas. Llega un punto en el que mucha gente te conoce y tú no conoces a nadie porque no son importantes para ti.

- No me cogiste.

- ¿No?

- Encontré un curro mejor.

Limpiar alcantarillas, probablemente, es mejor que cualquier trabajo que ofertara mi empresa. Es obvio que hasta ahí habría mejor ambiente de trabajo que de teleoperador, vendedor de tarjetas o algo así.

- ¿Quieres ir a mi coche? Tienes sangre en las rodillas.

Creo que asiento. Me coge de la mano y arrastra mi cuerpo, que ahora es un equilibrista jugándose el tipo, a través del campo de batalla. La verdad es que no tengo tan seguro haberle dicho que sí, que quería ir con ella al coche. Caminamos y caminamos más, y hay dos veces (igual más y no las cuento) en las que casi me caigo y ella me sostiene. Sus brazos tienen un tacto especial. Sus manos son delicadas y sinceras. Sinceras porque me cogen con fuerza y con deseo. Eso me gusta. Marta tiene unas manos parecidas. Hago fuerzas y casi puedo oír su voz (contándome cualquier estupidez que no me importa) como si fuera la que quiero oír realmente. Su cara va mutando y también es la cara que quiero ver.

Llegamos al coche y me sienta en el asiento del copiloto.

- Vamos a quitarte esa ropa.

Cierra las puertas. Sube los cristales. Saca algo de la guantera para tapar el parabrisas y hacer que nadie pueda ver lo que pasa dentro. Me baja los pantalones y empiezo a darme cuenta de que no va a desinfectarme las heridas y darme una toalla para que me limpie.

- Yo…

Se sube encima mío y vuelve a besarme. Para mí, es la lengua de Marta. Me siento bien porque me presta atención. Estoy flotando en el espacio, no oigo la música y no me hace daño. De un lado a otro, atado por un cordón al mundo, las estrellas jugando al escondite conmigo. Mi cuerpo está lleno de placer y mi mente a la deriva. Volando más allá de todo durante infinitos momentos. Hay explosiones en el cielo al final, y mi cabeza, acariciada por las manos de Marta, cae sobre el respaldo.

Está oscuro y no sueño con nada. Pasadas unas horas despierto, con un dolor de cabeza descomunal y el estómago absolutamente destrozado. Hay vómito por todos lados. A mi izquierda hay una tía desnuda que no es Marta. Todavía soy incapaz de comprender la trascendencia de lo que ha pasado. Supongo que me apuntaré a lo del poliamor.

lunes 12 de mayo de 2008

Viernes noche

Viernes noche, vale. Las cosas dejan de estar difuminadas en lo que Marta y yo entramos a una especie de discoteca. Bueno, es una discoteca, pero la llaman “club”, que suena como más kitsch. La palabra “discoteca” ya no está tan de moda, y aunque pongan la misma mierda de música, la gente sea la misma (con unos años más y mejor vestida, vale) y el ambiente no haya cambiado un ápice, es un club. O un lounge, que suena mejor aún. Se llama “Paradiso”, y es una de las primeras cosas que van a conseguir sacarme de quicio esta noche, lo presiento.

Yo tenía pensada otra cosa. Enseñarle a Marta uno de los sitios especiales. Un sitio que nadie más conoce. O más bien, nadie más valora. Un rincón no tan recóndito, pegado a la carretera, donde apenas pasan coches cuando es de noche. Donde casi puedes ver las estrellas porque no está iluminado. Me imagino allí mientras cruzo la puerta metálica del lugar, con ella sentada a mi lado, los dos trascendiendo el tiempo y el espacio. Las estrellas, por fin, saludándonos. Y ella preguntándome cómo había descubierto el sitio. Yo le cuento mi historia, le hablo de la belleza, de cómo la busco y de cómo he terminado de encontrarla. Le beso. Ella me confiesa que jamás había conocido a nadie tan especial, y que lo de aquella noche en la discoteca fue un flechazo. Y yo soy rotunda y absolutamente feliz.

- Éste es Carlos.

Cierro los ojos y vuelvo a abrirlos. He vuelto a la realidad, a la cara de Carlos. Es su cumpleaños. Veinticinco añazos. Justo a la mitad, cerca del filo por el que caminar hasta llegar a los treinta. Tiene entradas, barba bien arreglada, ojos oscuros y sonrisa amarillenta por el café y el tabaco. No puede evitar echarme algo de humo a la cara cuando le tiendo la mano, y yo me imagino administrándole el mismo tratamiento que a Johnny. Te odio, Carlos. Te has entrometido entre Marta y yo. Por tu maldita culpa no estamos en el lugar especial. Por haber nacido este día. Por cumplir un viernes noche y restarnos tiempo para disfrutar el uno del otro. Me imagino diciéndoselo, y cómo él, atónito, se humilla ante mí. Me confiesa que es un ser mezquino. Que no merece nuestra divinidad en su maldita fiesta. Pero es demasiado tarde.

- Encantado, tío.

- Igualmente.

- Y felicidades, ¿eh?

Eso es todo lo que te diré, Carlos. Eso y nada más. Tienes los ojos saltones y el aliento te apesta a tabaco. Yo tengo mis dos puños.

- Jejeje, gracias. ¡Cada vez más cerca de la tumba!

Le río la gracia. Últimamente todo el mundo lo dice. Como si lo hubiera visto en un spot publicitario. Entonces se aparta y va a practicar la misma broma con otro recién llegado, y así hasta que todo el mundo le haya reafirmado como persona graciosa y excepcional anfitrión. Bah.

Dejo a Marta atrás y voy hasta la barra. El sitio no es cerrado. Hay unos muros y la puerta, pero nada de techo. Miles de palmeras de un lado a otro, que al principio parecen de plástico pero luego resultan estar más muertas que vivas. Luego está la barra, con dos camareros recién salidos del gimnasio, y la cabina donde está lo que sería el pinchadiscos, ocupada por una chica más o menos rellenita con cara de pocos amigos. Típico endiosamiento del discjockey, para ella tú no vales nada. Porque lo que vale es su sesión. La que vas a tener que oír, frente a la que no podrás hacer nada. Una versión moderna del doctor Josef Mengele, experimentando con lo peor que encuentre en Internet y añadiendo bases machaconas para hacerlo aún más insoportable. No sé todo eso al verla, cierto. Pero es que la conozco de antes. De un bar donde no deja de torturar a los asistentes.

Pido un té helado para Marta mientras miro con cara de pocos amigos a la tirana diosa de los platos. Yo necesito un etiqueta negra para aguantar esto. Doy un primer sorbo, y hemos vuelto a la esquina no tan recóndita, ocultos de todas las miradas y el devenir del mundo. Yo me desnudo ante ella. Jamás lo había hecho antes. Y es cierto. Tan cierto que, al hacerlo, encuentro cosas que no sabía de mí. Me doy cuenta de lo vacío que estoy por dentro, mientras lloro y ella me deja posar la cabeza sobre su regazo. Me acaricia el pelo, la sien. Me dice que todo irá bien. Le creo, porque ella es a la única a quien puedo creer.

Me interrumpe la canción del Venao con una exquisita base electrónica. El avant-garde personificado. Algo me dice que luego sonará la canción de los pitufos o alguna otra tontería para los nostálgicos. Creo que tengo ganas de llorar, pero no lo sé a ciencia cierta. Así que bebo de un solo trago lo que queda de mi vaso, y vuelvo cual perro fiel a Marta.

- Toma, guapa.

Su sonrisa me deslumbra. Sigue hablando con Carlos. Nosequé cosa de fisioterapia. Resulta que el tipo ha encontrado un trabajo interesante en el ramo. Nos confiesa que es uno de los mejores masajistas del universo. Yo sé lo que va a venir a continuación. Riéndose, le va a decir a Marta que cuando quiera le dará uno de sus masajes. Yo voy a jugar a que siento celos diciéndole algo en plan “cuidadito, chaval”, y todos nos vamos a reír como grandísimos farsantes.

- Jaja, algún día te lo demostraré, ¿eh?

No había predicho el guiño del ojo, con descaro añadido. Es evidente que al tipo le gusta mi novia. Es la primera vez que pienso en ella sin usar su nombre. Y es más evidente aún que lo que quiere es coquetear hasta hacerme cabrear y que le joda el cumpleaños, para poder hacer de cervatillo herido por cazador furtivo.

Bien, no le voy a dar el gusto. Vuelvo a la barra y me pido otro etiqueta negra. El camarero se encoge de hombros.

- Me gusta tu corbata, tío.

A mí también me gusta. Es de color verde oscuro, y estrecha. Va a juego con mis deportivas verdes. Es una buena combinación.

- Gracias, flaco.

Él lleva una camiseta de lycra apretada con el nombre del local. Me gusta su cuerpo. Cómo se marcan los pectorales y puedes intuir a través de la camisa la forma que tienen realmente. El tamaño de sus brazos. También tiene una nariz bonita, como cincelada, con un aire de nobleza perdida. Creo que me cae simpático.

- Ponme otro etiqueta negra, anda.

- Sí que bebes rápido, ¿no?

- Bueno…

Le señalo con la cabeza a Carlos (también conocido como “Imbécil que debe morir”) y comprende al instante. Sin más preguntas rebusca hasta encontrar la botella, y me sirve un vaso ancho, con algo de hielo y demasiado whisky. Es lo que yo deseo.

- Es un poco pulpo el colega, ¿verdad?

- Lo hace adrede.

- ¿Adrede?

- Claro, es su cumpleaños. Si le digo algo, el que quedará mal seré yo.

- Tiene su sentido.

Necesitando como necesito ahora a alguien que tire al suelo mi teoría y me diga que no pasa nada, el camarero acaba de destrozarme dándome la razón. Porque podría ser una simple paranoia mía. Y, de hecho, con la cara de avispado que tiene mi amigo Carlitos, es bastante probable que no tenga ningún tipo de plan pensado, salvo jugar a algo a lo que no debería estar jugando ahora. De hecho, es muy probable que tenga yo mejor idea de cómo darle el palo a la gente cuando está su novia delante. Todos somos mezquinos, y eso me incluye a mí más que nunca.

- ¿Te mola lo que suena?

Creo que es de una serie de dibujos, con guitarras eléctricas de fondo. Una sobre gente que eran mitad persona mitad gato, o algo así. No me gusta. No me gusta en absoluto.

- Sí, claro. Está genial.

- ¿Verdad? Esta tía es una crack.

- ¿No pincha en un bar?

- Sí, joder. En el “Primal”.

- Lo hace bien, sí.

Mi “yo refulgente” brilla con la luz pálida y muerta del verde fuego fatuo. No entiendo cómo puedo ser tan hipócrita. Y aunque no lo entienda, lo sigo siendo. Supongo que porque me da igual decir la verdad o mentir. Si fuéramos con la verdad por delante, la sociedad habría muerto en el primer momento que dos personas se juntaran para hablar. Empezarían a puñetazos, y acabaríamos subidos en tanques, aviones y fragatas a demostrarnos que lo que oye el otro nos parece una mierda. Que no nos gusta la comida que nos ha servido tu madre. Que no creemos en el Estado de Derecho ni en que tú seas igual que nosotros. Así que, bueno, si empieza una guerra, no quiero ser yo el culpable. Seguiré mintiendo.

- Hay una fiesta este domingo.

- ¿El domingo?

- Sí, tío. El lunes es festivo.

El tipo hurga en su bolsillo, sus músculos marcándose como si lo hiciera adrede. Su tríceps tan hinchado como está, mirándome. Confesándome que su dueño lo hace aposta para que le valga para algo invertir tanto dinero en gimnasio y batidos de proteínas. Saca un flyer de color negro, con un arcoiris y unos labios femeninos (puede que sean masculinos, pero lo normal, estando pintados de rojo, es que pertenezcan a una mujer) pronunciando una palabra sugerente: Bacanal.

- Es una rave.

- Una rave.

- Sí, ¿sabes lo que es, no?

- Claro, flaco.

Es una fiesta donde todo el mundo se droga hasta hartarse. Donde uno acaba yaciendo con auténticos monstruos de lo flipado que va. Donde uno evacua todo lo que hay en su cuerpo en alguna esquina y sigue bailando, al ritmo de la música. Una música más machacona y que no tiene la inocencia de las series de dibujos. Algo con bases monótonas y una única palabra repitiéndose todo el rato (a la mente me viene una canción en la que un tipo repite “Sex” hasta aburrirte). Para mucha gente, un paraíso. Yo no sé lo que pensar.

- Va a pinchar esta tía.

- Cojonudo.

- Toma, sólo se puede entrar con esta invitación.

La cojo, y me mira con pena. Piensa que me está haciendo algún tipo de favor. Que está dejándome en bandeja algún tipo de venganza hacia la novia que está pasando de mí y haciendo más caso del que debería al cumpleañero. Aunque, bueno, es normal que le haga caso, si es su cumpleaños. Pero en eso no pienso. No, en lo que pienso es en que quiere hacerle un masaje. Pasearle las yemas de los dedos por esa espalda que empiezo a conocer. Hijo de puta.

- Gracias, flaco, igual voy.

Cojo el vaso y huyo de la barra. Pienso en acercarme a la cabina donde está mi archinémesis, ahora que suena una canción más o menos potable. Pero veo que no lleva a nada. Que lo que planeo hacer es ilegal y puede reportarme unos cuantos años de cárcel.

Así que doy otro sorbo y vuelvo al lugar especial. Un coche nos deslumbra con las luces largas, y en ese blanco que se extiende durante segundos que son más largos de lo normal, encontramos la paz. La ceguera en mis ojos mientras Marta sigue acariciándome. Me dice que soy una buena persona. Es la segunda vez en la vida en la que me lo dice alguien. La primera vez me lo dijo mi madre, casi susurrándolo, cuando me fui de casa. Descubro que una vez que me lo ha dicho, estoy curado para siempre de lo que fuera que me pasara. Eso es lo que necesito. Lo que de verdad puede salvarme.

Y eso es lo que no tengo. Lo que me está arrebatando cada segundo que paso en el club “Paradiso”. Es la razón por la que debería empezar a gritar y actuar como cualquiera de esos monos que hace el caballito con la moto mientras se salta un semáforo en rojo. Pero en vez de eso, agacho la cabeza y empiezo a sentirme mal de verdad. Desesperanzado.

Encuentro un sofá donde derramarme y seguir bebiendo como un poseso. Intento alejarme de las cosas que importan, y más o menos lo consigo. La visión se difumina, pero cada vez que miro de nuevo a Marta, vuelve a aclararse. Al final me ve y termina por acercarse, con esa cara de piedad alegre que siempre suele tener cuando me ve desanimado.

- ¿Qué te pasa?

- Lo siento.

- ¿El qué sientes?

- No lo sé.

En este momento doy más pena ya de la que puedo soportar. Estoy arruinando la fiesta. Arruinando el viernes noche. Dándole el gusto a Carlos. Sus dedos sobre la espalda que tiene mi nombre escrito en besos.

- Eres todo un personaje, ¿lo sabes?

- ¿Estás enfadada?

- No.

- Se te oye enfadada.

En el libro de autoayuda leí una vez algo sobre las profecías autocumplidas. Piensas que una cosa va a pasarte, y como lo piensas con tantas ganas, acabas haciendo cosas para que pase. Pienso que Marta está enfadada por su tono de voz, y ella me dice que no lo está. Yo le repito que está enfadada. Y así entramos en un ciclo interminable que acabará provocando que se enfade de verdad. Que pierda la paciencia conmigo. Creo que es lo que va a pasar si sigo insistiendo. Aún así lo hago.

- En serio que no.

- Yo estaría enfadado.

- ¿Por qué?

- Te estoy jodiendo la fiesta. Carlos es tu amigo.

- Hombre, si sigues repitiendo que me estás jodiendo la fiesta, lo acabarás haciendo.

- Vale, vale, ya paro.

- No te he dicho que pares.

- Pero es que si sigo voy a joderte el rollo.

La fiesta está servida. La conversación se enreda. La pescadilla se muerde la cola. Seguimos así unos minutos más, y, al final, efectivamente, termino por joderle la fiesta. Me siento miserable y al final acabo haciendo que ella se sienta miserable. Me siento más miserable aún.