lunes 13 de octubre de 2008

En el país de los acantilados

A veces me paro a pensar, en esos momentos en los que no hay nada mejor que hacer. Un trayecto en tranvía, la hora que falta para que venga Sergio a buscarme…No es tanto que me ponga a pensar como que en ese momento concreto soy incapaz de detener el flujo de ideas, porque no tengo nada que hacer. Han pasado varias semanas y el verano ha llegado por fin. Quedan tres días para que empiece mi mes de vacaciones, marcado en el calendario como si fuera el día del Juicio Final. No sé qué será de mí cuando llegue ese momento fatídico. ¿Qué es lo que pienso? ¿Qué se asoma a mi cabeza? Fundamentalmente, lo estúpido que es todo esto. Empiezo a sentir cómo la ansiedad aumenta, las piernas me tiemblan y las ganas de romper cosas ganan a las de no romperlas.

¿Por qué? ¿Realmente tiene algún sentido esta historia, mi historia? No lo sé. En mi fantasía me veo observado por alguien. ¿Qué pensará esa persona de mí? ¿Qué idea tendrá de mis sentimientos, de lo que soy? Probablemente, le comentaría a sus amigos, familiares y demás seres queridos, que soy un absoluto imbécil. Con todo lujo de detalles. Juntos, frente al fuego, cobijándose de la tormenta que es el mundo, narrarán las fábulas del pobre entrevistador, para no caer en sus errores. Al menos, es lo que yo haría si tuviera acceso a un material de tan buena calidad.
Estoy volviendo a casa, sentado en el tranvía. Como tengo poco valor para ejercer en serio la autodestrucción que tan bien queda en las novelas, decido subir hasta el máximo el volumen del reproductor de mp3. Oh, sí, estoy haciéndome daño, y probablemente aumentando en un dos por ciento las probabilidades de perder audición antes de los cincuenta años. ¡Chúpate ésa, Seguridad Social! La música que suena, más relajada que yo, me ayuda a comprender algo. Justo frente a mí hay una pareja de chicos, los típicos macarrillas estúpidos con sus piercings horribles sobre el labio, granos enormes y dorados que provocan asco y compasión. Están mirándose el uno al otro, hablando y jugueteando, chocando sus manos, estampando sus miradas. Uno de ellos tiene los ojos azules y una sonrisa más blanca que toda Siberia. La saca a pasear cada dos por tres, como si estuviera orgulloso, pero realmente parece que se ríe y lo pasa bien. El componente número dos del dúo tiene pinta de matón, bruto, con camiseta sin mangas y tatuajes de estrellas por todo el cuerpo, la piel morena por el maldito sol perenne. Probablemente estén hablando de cómo le compraron drogas a algún infeliz el otro día. O de la paliza que le dieron a alguien en el cole. Pero la música, y la forma en la que se miran y hablan, riendo, llenos de complicidad, hace que parezca que sean amantes. Y a medida que pasa el tiempo, mientras les sigo mirando, más me convence la tesis. Supongo que porque quiero creérmela. Porque es de las primeras cosas bonitas que veo en mucho tiempo. Matón y Sonrisas, novios hasta que la muerte les separe.

Al final miro una última vez antes de salir del vagón, y quiero quitar la música para saber si estaba en lo cierto o no, pero no lo hago. Prefiero no destrozar esa magia y, al menos, no contaminar esa idea con mi presencia.

Sí, en estos momentos, mi percepción sobre mí mismo es francamente negativa, y sé (los libros de autoayuda lo dicen, al fin y al cabo) que es lo peor que puedo hacer si quiero tener una pronta recuperación, pero me da igual. ¿Qué pensaría sobre esto alguien que tuviera acceso a las páginas de mi vida? “Pobrecito, seguro que tiene una depresión”. Es una de las opciones que se me ocurren, y es una de las cosas que yo mismo he pensado, pero no creo que sea verdad. “La gente que se muere de hambre en África sí que tiene un problema, no él”. Estoy de acuerdo, pero me importa bien poco. Piensen lo que piensen, por patético que sea, ya no me hiere. Porque si soy incapaz de ocuparme de mis propios pensamientos, de la maraña de culpabilidad, dejadez, desidia…¿voy a ser capaz de hacerlo con los pensamientos de los demás? Lo dudo.

Al llegar a casa me quito la ropa y preparo un baño. Tampoco me importa el medio ambiente ahora mismo. Hace calor afuera, cierto, pero yo dentro estoy muerto de frío. No de un frío triste, sino de un frío indiferente. Apago la luz, hundo en el agua mis penas, me dejo vencer, y acabo tumbado y la bañera llena, saliéndose. Imagino que ya fregaré en algún otro momento. Me sumerjo completamente, y al salir no hay ningún Juan Bautista para limpiarme del pecado original (no digamos ya de los otros), así que vuelvo a sumergirme. El agua está muy caliente, y al estar a oscuras, viene a la cabeza la típica imagen de la vuelta al útero y demás tonterías new age. Y ni siquiera con esa vuelta, estoy en paz y tranquilo. Decido contener un rato la respiración, sólo por ver qué pasa. En algún sitio he leído que la muerte por asfixia termina siendo algo bonito, si es que el adjetivo se le puede aplicar a morirse. Los primeros momentos de falta de oxígeno son horribles, pero finalmente el cuerpo se rinde y empieza a soltar todos los neurotransmisores y demás componentes químicos (y mágicos) que hacen feliz al ser humano, dando una sensación de maravilla, éxtasis. El éxtasis ya me ha dado demasiadas malas experiencias, y sigo sin estar preparado para que algo así entre (o bien visto, salga) en mi vida, así que saco la cabeza y vuelvo a respirar. No he debido pasar ni un minuto bajo el agua, negra y profunda, pero salgo con el drama de una película de sobremesa.

Ya afuera, seco, decido que debo hacer algo con mi vida. Y que debo hacerlo acompañado. Una declaración de intenciones, una promesa a mí mismo que me haga cambiar y ser feliz para siempre. Algo así, espiritual. Me visto (camiseta y vaqueros, nada más) y me acerco al teléfono.

Siempre que lo miro, temo encontrarme con un mensaje que me pida explicaciones. Es un miedo ya instintivo, porque he cambiado de número y Ella no lo tiene. Pero sigue ahí, como el miedo a las alturas o a las profundidades. Y sospecho que toda la vida me acompañará.

Sistemáticamente, voy marcando todo número de teléfono que tengo, salvo el de mis padres. Primero empiezo por la gente deseable, pero al ver que Sergio no puede quedar, empiezo a tirar de indeseables. Johnny, Alberto (o Alfredo) el psicólogo, y demás personas que no están dentro de lo que es valioso. Pero nadie tiene tiempo, o nadie coge el maldito teléfono. Estoy solo, bajo el agua, sin nadie más que me tienda una mano. Lo peor es que creo que también me da igual. Que encontraré otra forma de hacerme esa promesa solemne, de la cual tendré flashbacks cada vez que vaya a hacer algo malo o autodestructivo. Sí, necesito esa situación tanto como un superhéroe en apuros, antes de hacer algo que va contra su código moral.

Así que me calzo y salgo a la calle. El ambiente está cargado de dramatismo, al menos en mi cabeza. Y es una pena que no llueva y truene, o que no sea mi cumpleaños o alguna otra fecha, como el día de San Patricio, porque le daría muchísimo más contenido emocional al asunto. Pero bueno, me conformo con lo que tengo y voy hasta el tranvía. Todo el trayecto escuchando música, de parada en parada, subiendo y bajando gente distinta, con sus vidas distintas y realidades distintas. Creo que queda poco para que se ponga el sol, y eso me alegra, porque al menos, con el atardecer, el cielo infinito desgarrándose del azul al naranja, luego al rojo y luego al negro, podré tener alguien a quien prometerle que voy a cambiar.

Al bajar del tranvía me subo al autobús, y el viaje del héroe persiste. La carretera en mal estado, el ruido que hace la gente, los especimenes humanos gritándose unos a otros…Es mi hogar. Es mi hogar porque yo estoy muy lejos, mirando a través del enorme vidrio que hace de ventana. Mi sitio está en esas montañas que se ven en el horizonte, insinuaciones de otras islas. En el mar que no se acaba y la espuma y la sal.

Así es como me doy cuenta de cómo es mi vida. Observando, como en una torre. Por eso nunca hago nada. Porque ni siquiera tengo el control de mí mismo. Porque mirando a través del ventanal me veo también a mí, repitiendo la narración, cometiendo de nuevo todos mis errores. Y no me disgusta lo que veo, porque al menos es una buena historia. Aunque acabe mal. Llevo puesto el piloto automático y registro todo lo que veo. El paisaje y las caras familiares, saludándome, parte de mi cuento. Sí, me da igual no tener el control. Prefiero no tenerlo. Estar en el asiento, con las piernas estiradas sobre otro asiento, viendo un documental sobre mí mismo y mis reacciones. Y cuando le rompo el corazón a Marta, es como si viera a una gacela siendo devorada por un león. Me da pena y me desagrada, pero llega un momento en el que no va conmigo.

Lo malo de estos viajes es que siempre tienen un final. Por eso, disfrutado el trayecto, llega por fin el destino. La realidad. Me descalzo en la playa, y empieza a refrescar. En breve atardecerá. Los pies sobre la arena y comienza el paseo. Me dirijo a una zona de rocas, donde acaba la zona transitable. La música dramática me acompaña, y el pensamiento de todas las cosas que he hecho en la vida. Bueno, no todas. Sólo las que recuerdo, y me doy cuenta de que poco a poco recuerdo menos cosas. Como si el lugar me limpiara, el vaivén de las olas aclarase lo que está sucio y manchado.

Tardo poco en darme cuenta de que no es así. Por fin llego al acantilado, uno de todos los que hay a mi alrededor, uno de todos los que limita el mundo que conozco del resto. No hay nadie conmigo, el atardecer es ahora una realidad y mi única compañía es ese cielo, tan hermoso que me hace daño. Me pongo en un extremo, de pie, los brazos alzados en desafío a la Creación.

- Yo…

Pronuncio en voz alta. Pero no puedo seguir. No sale ni una sola palabra más de mi garganta. Estoy asustado. Aterrado. Le sostengo la mirada al poco sol que va diluyéndose en el horizonte.

- Si me voy, ¿me echará alguien de menos?

El mayor esfuerzo que ha hecho el ser humano, jamás, me permite continuar con mi pregunta. El astro que corona el cielo es una mancha de pintura y no tiene ninguna respuesta para mí. Supongo que mis padres me echarían de menos. Por un momento miro hacia abajo, a las rocas, al mar que las erosiona, e intento imaginar cómo sería mi funeral. No lo consigo. No consigo verme pálido y en una caja de pino. Y ya resulta imposible conseguir imaginar a alguien llorando por mí. Racionalmente sé que alguien lo haría, pero no puedo imaginarlo.

Ya con la cabeza vacía, me siento en la roca, y mis piernas quedan colgando entre la vida y la muerte. Arriba, mi torso, abajo, la caída. No consigo prometerme nada a mí mismo. No, no consigo ese instante de lucidez que me hace encontrar algo por lo que levantarme de la cama. He llegado hasta este punto para darme cuenta de que no he aprendido nada de todo esto. Me he subido al avión pensando que por fin llegaría a mi destino, pero sigo estando en un aeropuerto, atrapado y en tránsito hasta que otro avión me acoja en sus brazos. Pero bueno, me da igual. Algún día me iré a otra isla más grande, con más sitios donde esconderse.

jueves 24 de julio de 2008

Desenlace

El verano se acerca cada vez más, aunque el tiempo sigue sin cambiar. Aquí siempre hace calor, salvo cuando hace frío de verdad. Han pasado unas semanas desde la Conversación, en mayúsculas. Ayer estuve en la playa, una de arena negra y fina, casi perfecta, y aún me queda el recuerdo mientras doy vueltas en la cama. No me apetece salir de ella.

Las cosas se han ido enfriando, haciéndolo todo terrorífico. Del resentimiento sabes lo que esperar. El comportamiento de una persona que te odia porque la has cagado es fácil de predecir. Muy fácil de predecir. Es de esperar que cada vez que te ve por la calle aparte la mirada, o la sostenga, desafiante. Lo normal es que hable mal de ti a tu espalda, de lo mal que la trataste y de lo pequeña que la tienes. Es algo natural, humano. Pero de alguien que está a medio camino entre la pena y la madurez…Eso es algo distinto. No te esperas esas llamadas repentinas para saber cómo estás, cómo te encuentras. Eres incapaz de ver esa lágrima contenida por la noche. Resulta imposible responder a las ansias de sexo furioso con el corazón lleno de culpabilidad. A las miradas ausentes a ninguna parte. Todo es muy difícil.

Doy otra vuelta en la cama. Me viene a la cabeza la cara de la otra tía. La tía de la entrevista. Borrosa, llena de niebla, manchada de pecado. Doy otra vuelta en la cama y ensayo una nueva sonrisa que pueda servirme. Una sonrisa de entrevista más perfecta con la que luchar contra los súcubos que se aprovechan de mí cuando voy lleno de estupefacientes.

Hace un rato que Marta me llamó. Sólo quería saber cómo estaba, y si me apetecía quedar hoy. “Vayamos con calma”. Eso es lo que me dice. Interpreta el papel que casi debería estar interpretando yo. Quiere que todo sea lento pero luego se lanza. Quiere paciencia, poco compromiso y mucho compromiso. Se nota que siente algo por mí, pero el siglo XXI me hace pensar que no es duradero. Y, sobre todo, que yo no puedo hacerlo así.

Ayer, en la playa, estuve corriendo de un lado a otro. Sólo cuando estaba sudando como un cerdo, destrozado por el ejercicio, me permití el lujo del agua, fría como lo nuestro ahora mismo. Sergio dijo que no podía venirse y me dejó a mi suerte. El sol en la espalda, como acariciándome, y yo pensando que debo tomar una decisión en algún momento, cuanto antes. No tengo demasiado claro lo que decidir, pero, bueno, no suelo tener demasiado claro nada. La cuestión es que, corriendo, miraba a las tías, y me sentía cansado. Cansado de todo. De las relaciones, de la vida y de la sociedad de consumo que permite el desequilibrio norte-sur. Enfermo por todos los conflictos armados. Genuinamente cabreado. Esas mujeres, algunas en topless, otras más pudorosas, no hacían más que causarme repulsión y atracción. Lo físico a un lado, apetecible como un dulce. Y ese mismo dulce aborrecible como cuando estás a dieta. No sé si me explico.

Bueno, pues mientras la arena me quemaba las plantas de los pies y miraba a las lindas muchachas del lugar, me esforzaba en pensar. Es evidente que Marta no está entre lo que es valioso. Debería. Joder, claro que debería. Pero es que no hay nada ahí. Mientras corría, quizá eso fuera valioso. Las olas rompiendo en las rocas y la espuma saltando hacia su fin. Igual eso vale. Sigo sin tenerlo demasiado claro, de todas formas. Algún día tendré que llamar a Alfredo (¿o era Álvaro?), el psicólogo, y pedirle que me arregle y se deje de mariconadas de lo que es importante en una vida plena. Mientras tanto, doy otra vuelta en la cama.

A la noche intentó quedar conmigo, y haciendo acopio de la poca fuerza de voluntad que me queda, conseguí decirle que no. Me puse a beber una cerveza en casa, las ventanas cerradas, las luces apagadas y la televisión encendida. Realmente me costó no quedar. Algo dentro de mí, una especie de resorte, me hace levantarme cada vez que me llama, salir disparado al encuentro. Y quiero salir. Pero ayer no era el momento, como tampoco lo es hoy. Porque le he hecho daño, porque no sé lo que esperar. La película de anoche (aún siendo más mala que matar a un ciego a ladrillazos) consiguió distraerme, y mientras veía al vaquero del espacio tirotear a la babosa mutante, tuve varios momentos de olvido y casi de disfrute.

El frío. Le tengo un miedo de muerte. Así que doy otra vuelta en la cama y sigo pensando en lo que hacer. Afuera hará calor, pero sigo sin abrir las ventanas y hay un ventilador a mi lado, por si acaso. El frío puedes quitártelo con un buen abrigo. Un abrigo de piel. Piel humana sobre ti, abrazándote. Pero cuando esa piel está helada, y cuando eres tú el que la ha metido en la nevera…Algo hay que hacer. Me viene a la cabeza el hijo de puta de Johnny, y alguno de sus consejos de machito que gana a las mujeres (es decir, calzonazos cuando sus amigos no miran) comienza a taladrarme. No es un consejo específico, es una retahíla de toda la mierda que he tenido que escucharle en la vida, que ya empieza a ser demasiada. Como no puedo darle un puñetazo, vuelvo a dar otra vuelta en la cama.

Hay una cosa graciosa sobre mí. Bueno, puede que haya muchas cosas graciosas sobre mí, pero ésta, en concreto, es la mejor. Mis juegos favoritos, de niño y de adolescente, siempre eran los de construir. Recuerdo vivir en el primer apartamento de mis padres, siendo más pequeño que una rata, y pasarme tardes enteras yo solo, jugando. Era un apartamento pequeño, pero acogedor. Seguro. Una especie de santuario frente a todos los perros que podían saltar y morderte en el parque. Sí, las tardes enteras jugando, ocupadas por piezas de construcción (no de la famosa marca, sino de alguna de imitación que, siendo sinceros, era mil veces mejor). Me ponía a hacer robots, la mayoría antropomorfos, con triángulos de cabeza y brazos lo más cutres posibles. Cambiando dos piezas se convertían en aviones. Y cambiando otras dos, en naves espaciales. Todo el día agitándolos por el aire, deseando que pudieran moverse. Que ese producto de mi esfuerzo, nacido del sudor de mi frente, tuviera vida. A veces hasta soñaba que funcionaban. Que me venían a buscar y me llevaban al espacio, un lugar enorme donde nadie puede encontrarte. Tenían hasta nombres, pero no los recuerdo. No recuerdo mucho más de esa época. Sólo que lo importante era construir. Hacer. Crear. Lo bueno eran las cosas que duraban.

Ya mayor, con ordenador, lo máximo eran los simuladores de ciudades. Ponías una central de energía, llevabas postes con ella hasta una zona que habías marcado como residencial, la rodeabas de una carretera y…Magia. Pura magia. Comenzaban a nacer casas, viviendas rústicas y macroedificios cuando tu ciudad era rica. Luego creabas comercios, industria, aeropuertos…Eras un dios. Un dios justo que paría la mejor ciudad de la historia. Luego llegaron los juegos de civilizaciones e imperios, con miles de ciudades, conexiones, avances...Todo resumido en una cosa: dejar una huella. Algo eterno que estaría ahí. Algo que nacía de dentro, que llegaba hasta afuera y se quedaba.

A los diecisiete años dejé de jugar a esos juegos. Compré el último (acababa de salir) y mordí el polvo. Aunque la mecánica era la misma, no conseguía avanzar. Alguna ciudad vecina me jodía y se llevaba a los contribuyentes. La gente se iba a trabajar a otro sitio. La ciencia avanzaba lentamente y mis ciudadanos morían de la elevada contaminación. Una auténtica pesadilla. Lo seguí intentando durante un tiempo, preguntándole a mis pocos amigos si alguno conseguía hacerlo bien (todos podían), pero seguía igual. Al final, desesperado, impotente y casi traumatizado, lo dejé por imposible.

Ahora, cuando intento retomarlo, me doy cuenta de que ya no es lo mismo. No hay placer en ver las cosas crecer. Los juegos avanzan demasiado rápido y cada vez tienen más opciones. Y yo he caducado, estoy obsoleto y necesito actualizarme de alguna forma, aunque temo que ya he perdido esa función. O, más bien, lo sé. Sé que ya no soy capaz. Sé que no puedo construir nada que dure, por más que me esfuerce. Empezaré a perder interés, a mirar otras cosas que hacer, disfrutaré media tarde, cambiaré, y al final no haré nada. Ésa es la verdad sobre mí, y eso es lo más gracioso que puedo contar sobre mi persona.

Doy otra vuelta en la cama y repaso el libro de autoayuda, el de convertirse en un haz de luz, una buena persona y un contribuyente ejemplar. Mi “yo refulgente” se apaga con cada palabra que leo. “Es normal tener miedo al compromiso. Es humano no querer equivocarse. Pero no hay nada de malo, si queremos a otra persona, en respetarla y honrarla. Nada que nos haga daño. Porque si al final no arriesgamos, por no perder, perderemos por no arriesgar.” La cosa sigue ese cauce. “Repítase a usted mismo esta verdad: Puedo y merezco ser amado. Sí, repítalo. Repítalo en voz alta. Puedo y merezco ser amado. Merezco existir. Merezco amar.” Aquí falla la parte automática de la autoayuda, o si no, no entiendo cómo, por mucho que repita, como si invocara a algún monstruo de leyenda urbana, no consigo nada. Sigo apagándome. Las palabras son todas positivas, calculadas al milímetro para hacer la mayor cantidad de bien posible.

Lanzo el libro contra la pared y creo que estoy llorando. Mis mejillas van llenándose de un calor triste y húmedo. No consigo sollozar ni emitir ningún ruido que me haga más penoso, más digno de atención, pero estoy sufriendo. Sé que estoy sufriendo. Tengo mucho por lo que sufrir, joder. Soy incapaz de pasarme los juegos nuevos, y mis amigos se han ido yendo, llevando de la mano a ciudades con muy buena pinta. Incluso alguno tenía una ciudad a punto de parir, Dios mío.

Haciendo fuerzas consigo levantarme, no sin dar antes otra vuelta en la cama. Sé lo que tengo que hacer, aunque hay una parte de mí que pretende impedirlo. Como esa mano poseída en aquella peli de terror que vimos una vez. Doy un paso hasta la cocina y doy otro de vuelta a la habitación. No sé qué debe haber en la cocina que dé tanto miedo, pero ahí está ese ser inconsciente, ese impulso primario que el libro llama “subcortical”, tratando que me quede en la cama y no cometa ninguna locura. Bueno, eso ya es tarde, porque podía haberme quedado en la cama el día de la puta rave. Podía haberme quedado en la cama y dar otra vuelta cuando la tía de la entrevista me proponía ir al coche. Podía haberme quedado en la cama para siempre y no haberme levantado nunca, y cometería menos errores. Ahora hay que subsanar toda esta mierda, y sólo se me ocurre una forma de hacerlo.

Me sirvo un vaso de licor de plátano (tengo en casa porque a veces se lo echo al café) y vuelvo a servirme otro una vez lo he terminado. Es dulzón y empalagoso, justo lo que no puedo ser ahora. Me recuerda que esas cosas existen, y que hasta están bien. Vuelvo a servirme otro porque no puedo dar vueltas en la cama, y me quedo un rato mirándolo. Es de color amarillento, un amarillo claro, como cuando vas por la carretera mirando al mar y el sol está a punto de ponerse. Me recuerda una sensación que no quiero recordar, así que me lo bebo lo más rápido que puedo y guardo la botella en la despensa.

El corazón me late con demasiada prisa, quiere llenarme de sangre y de oxígeno, prepararme para una situación de estrés. Algo así me dijeron en un seminario que me pagó la empresa. En teoría debería ponerme a hacer deporte para combatir la sensación, o, mejor aún, rehacer mi evaluación sobre la situación, intentando ser más positivo. El problema es que no puedo serlo. Es fácil decir todo eso de ver el mundo tal y como es, lleno de posibilidades, donde uno puede elegir. Es fácil escribir un puto libro de autoayuda cuando eres feliz y nunca la has necesitado. Es fácil decirle a la gente que no tiene que sufrir cuando no tienes que estar todo el día poniendo tu sonrisa de entrevista y acabas olvidándote de lo que sientes, de quién eres, lo que pretendes y lo que haces. Tan fácil que es tentador. Escribirlo, que sea un éxito, que venda todas las copias, se agote y hagan treinta ediciones más. Y luego salir en los medios y enseñar la mierda de vida que llevas.

La cuestión es que mi respuesta al estrés no es adaptativa. Eso podría ponerlo en el libro también. Camino de un lado a otro del piso, cada vez más rápido, más brusco. Tengo ganas de ir a buscar a Johnny y darle un puñetazo, por todo el daño que me ha hecho. Me apetece ir a buscar a los programadores de videojuegos modernos y coserles a tiros, por condenarme a ser la persona que soy. Pero no hago nada de eso. Hago algo de lo que sé que voy a arrepentirme, pero he tomado la decisión. El corazón multiplica su velocidad, y agarro el teléfono móvil (cargándose sobre mi mesilla) con una fuerza equivalente a mi masa por mi aceleración al cuadrado.

Por un momento pienso en marcar el número y llamar. Pero eso me costaría demasiado. No me siento preparado para hacerlo. Nunca lo he estado. Así que opto por hacer lo que hice la última vez. Me tiemblan los dedos, así que me cuesta muchísimo escribir algo coherente. Dejo que mi cuerpo, casi disociado de mí mientras tecleo, caiga en la cama y dé otra vuelta. Es el mensaje de texto que acabará con todo, y, al igual que con el último polvo, uno debe esforzarse de verdad. Hacer que merezca la pena. Media hora después aún estoy dudando de si poner las tildes o dejarlo tal cual está, ocupando casi tres mensajes. Es una declaración de intenciones. Una sincera disculpa. Algo desgarrado y abierto en canal. Probablemente es lo más honesto que haya sido en mucho tiempo, aunque puedo equivocarme.

Inevitable. Eso sí que es. Tan inevitable que ya lo he mandado. Tanto, que hace que me retuerza de dolor por ser tan mezquino y cobarde. Lo más inevitable del mundo. Demasiado inevitable.

martes 8 de julio de 2008

Lo que debe ser

Sonrisa de entrevista ante su reacción. No puedo hacer nada más, salvo sacar ese escudo e intentar procesar lo que me ha dicho. Lo que me imaginaba era más bien una escena de una película. Marta se echa a llorar, pero el llanto le dura poco, y va transformándose en una sucesión de gritos, de insultos. Intento abrazarla para que se calme, pero no lo consigo, y me aparta como si le diera asco. No deja de preguntarme por qué, y de decirme que lo nuestro se ha acabado. Para algo así estaba preparado. Lo tenía ya ensayado, y era un final deseable. Al fin y al cabo, tampoco puedo mirarla a la cara.

Pero no estaba preparado para la dura realidad. Verla cómo contenía un par de lágrimas y se quedaba mirándome. En principio pensé que estaba en shock, pero nada más lejos de lo normal. Estaba meditando lo que decirme. Cómo enfocar el problema. Orientándose hacia la solución. Alguien me dijo una vez que los auténticos ganadores en el juego de la vida son los que hacen eso, los que al ver el problema ya están pensando cómo resolverlo y dejándose de sentimientos y tonterías que nublan el juicio. Marta no es tan fría y se nota que está mal, pero casi aterra. Al final abre la boca y me pregunta si la conoce. Si es alguien con quien tengo que ver o no es más que una cana al aire ocasional. Imagino que para ella tiene diferencia. Yo le digo que fue en la macrofiesta y parece relajarse, su cuerpo pierde algo de tensión y se desliza sobre la cama, soltando un suspiro. Puedo verle los ojos y hay algo que no entiendo demasiado bien en ellos.

Está un rato callada, y eso me revienta más que estar aguantando gritos. Sigue midiendo poco a poco las palabras que quiere decirme. Yo estoy en la situación de imaginarme lo peor, de pensar en cómo va a mandarme a la mierda de todas las maneras posibles. Dándome una bofetada. Escupiéndome. Diciéndome que no soy un hombre, sino una comadreja. Todas esas formas y más.

La sonrisa de entrevista apenas me protege de la siguiente embestida. Con una tranquilidad que asusta, su rostro en aparente calma, me dice pregunta si no estoy a gusto con ella.

- Claro que estoy a gusto.

Es lo que pienso, y según lo pienso, lo digo. Hay momentos en los que estoy demasiado a gusto. Algún otro momento en el que me agobio por estar tan bien. Momentos en los que las cosas dejan de importarme y vivo como una sombra detrás de sus pasos. Y el ocasional instante en el que todo me da igual, pero colorado de forma en la que no parece tan trágico.

- ¿Entonces, por qué?

- No…no tengo ni idea. Iba borracho, drogado…me metieron algo en la bebida, creo.

- No me vale como explicación.

- A mí tampoco.

- ¿Y por qué me lo dices?

El ambiente va caldeándose, pero en todo momento sigue siendo dueña de sus emociones. Es como si el témpano de hielo que está usando para no estallar, en vez de derretirse por el calor, se fuera haciendo más grande, como una estalagmita. Una frialdad tan grande que me da miedo, que siento atravesándome.

- Me lo digo a mí, porque no entiendo demasiado por qué lo hice.
- Piensa.

No vienen muchos recuerdos cuando trato de concentrarme. Mi cerebro estaba en otro lugar, flotando en una piscina de alcohol e ilegalidad. La tía no estaba tan bien, tampoco. De hecho, la recuerdo como un borrón, algo difuso, difuminado. Yo iba de un lado a otro, dejándome llevar. Cuando vas a la playa y dejas tus cosas en la arena pasa algo parecido. Sigues en línea recta hasta la orilla, maldices a todos los dioses al pisar el agua y notar lo fría que está, y luego te pones a nadar, siempre en línea recta. A nadar o a hacer el idiota, eso da igual. Cuando te das cuenta, no estás en frente de tus cosas, sino a uno de los lados, bastante alejado. La marea te ha ido arrastrando, quitándote el control de tus actos. Despojándote de dirección. Algo así me pasó. Pero sigo sin entender por qué con esa tía.

- ¿Te lo estabas pasando bien en ese sitio?

- La verdad es que no. No esperaba pasármelo bien.

- ¿Y por qué fuiste?

Quería vengarme de alguna forma, ¿no? Pasarlo bien. El camarero musculitos de la fiesta de cumpleaños del tal Carlos fue el que me lo dijo. ¿Sabía que quería vengarme? Ese hijo de puta estaba pasándolo demasiado bien con Marta. Poniéndomelo imposible para no quedar mal. Hiciera lo que hiciera iba a cometer un error. Hiciera lo que hiciera estaba lejos de ese puto lugar, en el rincón apartado del mundo en el que quería estar y no estaba. Venganza, probablemente. Pero en mi cabeza no tenía eso. Sólo quería alejarme, o, no sé. No lo tengo claro.

- No sé…

- Alguna razón tiene que haber, si encima no tienes ganas de ir.

Lo dice arqueando las cejas y separándose más de mí, yendo hacia el extremo de la cama. Su máscara le va fallando.

- Bueno…

- ¿Sí?

- Te vas a mosquear, pero… - hago un esfuerzo por no balbucear – en el cumpleaños de Carlos, me molestó.

- ¿El qué te molestó?

- Cómo se ponía contigo. Como si quisiera algo de ti, pero sin dejarlo muy claro. Si yo le decía algo iba a quedar de tipejo celoso que no deja que tengas amigos. Y si no le decía, podía seguir jugando a su juego y propasarse.

- ¿Propasarse? ¿Y no tengo nada que hacer yo al respecto?

- Joder, no sé. Yo quería estar en otro sitio, hacer otra cosa, y estaba empezando a cabrearme.

- ¿Otro sitio? No dijiste nada.

- Por no joder los planes.

Intento echarme a llorar, para dejar patente mi claro sentimiento de culpabilidad, pero no me sale. No lo consigo. Y sé que eso le va a restar fuerza a mis argumentos, pero bueno, da igual. Realmente, no entiendo el porqué del interrogatorio. He cometido el puto error, he traído a otra persona a la relación y he terminado por arruinar lo que hay entre nosotros. Nada será igual, la complicidad y la confianza mueren porque les he puesto unos zapatos de cemento y arrojado al río, así que será mejor dejarlo ya y quedar como amigos. Etcétera y blablabla.

- Así que fuiste a la rave porque estabas celoso.

- No…no era celos, exactamente. Me sentía impotente. No sabía cómo hacer las cosas bien.

- Y como te sentías impotente, te acostaste con otra tía.

- Eh…más bien se acostó ella conmigo.

- ¿Qué?

La estalagmita está a punto de unirse al techo, formando una súper estalagmita sumada a una estalactita, cosa que, de existir, no tengo idea de cómo se llamará.

- Lo hizo todo. No sé. Me habló y yo no dije nada. Me llevó al coche y tampoco dije nada. Fue una cosa pasiva, estaba ahí, ausente.

Ahí va la puñalada más grande, la que más sangre derrama, la que desgarra la espalda de arriba abajo. Compasión. La noto en su mirada, como si fuera un niño que ha roto un plato para llamar la atención, porque nadie le hace caso. Es tan transparente que es imposible no verla. Se acerca un poco a mí, relaja de nuevo la mirada y las facciones se vuelven menos irreales. Ha dejado de contenerse.

- Al menos me lo has dicho.

- Bueno…

- Me parece que has metido la pata, y bastante hasta el fondo.

- Sí…

- ¿Sabes lo que pienso?

Ahí va el veredicto. ¿La pagará con el director, con los actores? ¿Será tan mala la crítica como para que sea un fracaso en taquilla?

- No tengo demasiado claro por qué lo has hecho. Pero estoy segura de que no ha sido con malicia. Que ha sido un error estúpido. Pero todos nos equivocamos.

El subconsciente, o lo que sea, me traiciona. ¿Está diciéndome que no pasa nada? ¿O sugiriendo que también lo ha hecho y que me entiende? Sé que no es el mejor momento para preguntarlo, pero necesito saber si puedo justificarme con el rollo del ataque preventivo o simplemente tengo que cargar con la culpa tal cual ha venido.

- ¿Tú también lo has hecho?

Arquea de nuevo las cejas, y aunque parece enfadarse, la mueca que hace con los labios tiene más pinta de risa. Una carcajada ante la estupidez que acabo de soltar, que muere y es maquillada para no parecerlo.

- Claro que no. Me refiero a que todos podemos fallar en algo así en algún momento. No somos perfectos.

Esto no es, para nada, lo que esperaba. Para nada en absoluto. Le confieso tras un polvo (en uno de los peores momentos, sí) que lo he hecho con otra, y poco menos que me dice que me perdona sin darle demasiadas vueltas. ¿De dónde saca esa frialdad? ¿Eso es la madurez? He estado tan obsesionado con el castigo que iba a recibir por su parte, en la imagen de la patada en mi culo y mi cara triste saliendo por la puerta, que ahora, con esto, me siento vacío. Necesito que sea de otra forma. Que sea como debe ser.

- Mira, mañana si quieres lo hablamos más, pero ahora estoy muy cansada…
- Bueno, como veas…

- Sí, será mejor que durmamos un poco.

Hay un gesto que traiciona a su máscara de hielo. Aunque se ha acercado un poco más a mí, sigue habiendo un espacio entre nosotros, libre. Un océano entre los dos, entre ambos lados de la cama. Puede que su mente racional le diga cómo debe pensar y qué debe sentir, pero su cuerpo la está protegiendo de mí. Y, en parte, me alegra. Porque al menos es una pequeña dosis de lo que me merezco.

Al cerrar los ojos me vuelve la imagen de la otra, menos borrosa. De nuevo vuelve el sentimiento de familiaridad, y, dando varias vueltas en la cama, la cosa va aclarándose más y más. Me recuerda mucho a alguien. Una ex-novia, o igual alguna amiga que me gustaba de pequeño. Algo así. Más y más vueltas para seguir viéndola. Entonces empiezo a pensar que contar ovejas puede salvarme, pero nunca ha funcionado y no tengo el ánimo para experimentos. No, sé que voy a tardar en dormirme un buen rato. Normalmente, cuando pasan estas cosas uno suele tener una taquicardia, estar agitado…Yo sólo tengo esa cara en la cabeza.

miércoles 25 de junio de 2008

Despedidas

Cuando era adolescente tenía una tórrida relación de amor con las despedidas. El punto romántico y melodramático que tienen las hacía ideales para mi naturaleza, peliculera y llena de acné. Estar abrazados, separarnos y jurarnos amor eterno, para luego irse cada uno en direcciones distintas. Cuando era adolescente, eso era lo deseable. Lo máximo a lo que podía uno aspirar. Haber llegado a ese nivel de intimidad con una persona (con la que probablemente llevabas tratando un par de meses) y ser capaz de despedirla, llevarse a casa las lágrimas en los ojos…Eso era lo máximo. Uno de los momentos más importantes de mi vida, o al menos, de los que mejor recuerdo, con menos brumas de por medio, fue una despedida.

Tenía catorce años, y estaba quedándome en un campamento de verano, al lado de un pueblecito que era más aldea que pueblo. Jamás había visto un sitio con tan poca gente. Tan virgen. También era la primera vez que veía un río. Para muchos isleños, una masa acuática alejada de la costa no forma parte de la realidad. Había cangrejos rarísimos, mosquitos de patas alargadas que iban por encima del agua, peces…Y el agua era dulce. Recuerdo más o menos bien a la chica, un año más pequeña que yo. Nos conocimos una de las únicas noches que nos dejaron salir por el pueblo (normalmente estábamos en la zona del campamento) y estuvimos un buen rato hablando hasta apartarnos del grupo de gente. Lejos yo de mis compañeros, lejos ella de sus amigas, fuimos a dar un paseo por la ribera del río. Las estrellas se veían perfectamente, y podía escucharse a los grillos por todo el camino. Íbamos muy juntos, y en un momento, toqué su mano sin querer. Estaba fría, como deseando que alguien la cogiera y le diera calor. Pero a mí me temblaba tanto el cuerpo que me sentía incapaz de hacerlo.

Le dije que era muy guapa. Aunque no fui tan directo, y balbuceé más de lo que querría reconocer. Le hablé de sus ojos, grandes y llenos de vida. Verde esperanza. Me dijo que nadie en el pueblo se había fijado en ellos, y que los míos parecían tristes. Creo que le dije algo sobre que el oculista estaba lejos, y que por eso no se habían fijado. En el momento me pareció muy ocurrente. No llegamos a besarnos. A veces lo pienso y me siento estúpido, pero creo que eso hace a la escena tan especial. Hablamos, y era evidente que nos gustábamos, pero no pasó nada. Al rato me dijo que ese día tenía que irse a casa del padre, pero me dejó su teléfono y su dirección para mandarnos cartas. Nos despedimos con una sonrisa y yo volví solo a la caseta, llorando hasta llegar. Fue un momento demasiado hermoso, rodeado de árboles, estrellas y seres vivos, cada lágrima cayendo como si fuera lo peor que me pasaba en la vida. Fue la primera despedida.

Ahora ya no me gustan tanto. Probablemente, el sentimiento que más me sugieran es desesperanza. Cuando te despides de alguien es porque no vas a volver a ver a esa persona. Yo no volví a ver a la chica del pueblo. No le respondí a sus cartas. Y ella terminó por olvidarme.

Por otro lado, la despedida es el último momento que vas a tener con esa persona. Hay que hacerlo bien para que no te olvide. Para que al menos te siga mencionando en su diario unos cuantos días. Para que signifiques algo…

Ha pasado una semana desde que Marta me dijo que me quería, y esa maldita expresión va convirtiéndose en una carga mayor con cada día que pasa. Al principio me hizo sentir bien, pero la sensación duró poco. Duró poco porque estaba confesándole sus sentimientos a alguien que no había dudado en traicionarla. Alguien que no era digno de ella. En el libro de autoayuda pone algo de que autocastigarse no resuelve nada. Probablemente. Pero es lo más que hago últimamente. ¿Qué otra cosa se puede hacer, además de cargar con la culpa? ¿Asumirlo? Está muy asumido por mi parte. Y no sé de qué serviría que se lo diga, salvo para hacerle daño.

Lo que está claro es que esa tercera persona que ha entrado gracias a mí está destrozando lo nuestro. Hay veces en las que me sorprendo pensando en ella. Intentando recordar ese polvo despectivo en el coche en el que éramos más animales que personas. Y cuando consigo recordar algo nuevo, me doy cuenta de que me gustó. De que por mucho asco que me dé, lo disfruté. Pero estoy casi seguro que de cuando ocurrió, en el momento exacto, estaba más pendiente de la marca del aliento en los cristales que de lo que estábamos haciendo. ¿Por qué ahora viene a mi memoria como si fuera algo que disfruté? ¿Por qué me persigue? He dado una estocada y la cosa está herida de muerte.

Abro la puerta de la despensa y rebusco entre los botecitos de especias. Estoy pensando qué voy a preparar para Marta. Es la primera vez que voy a cocinar para ella. Y quizá sea la última. La llamé sin tener nada claro, hace un rato, y le dije que me apetecía que viniera a casa, que le iba a dar una sorpresa. Todavía no sé lo que voy a hacer. Sé que le gustan las setas, pero no tengo. También le gusta el pescado, pero no tengo nada que merezca la pena por aquí. Hacer un plato de pasta sería demasiado típico. En la nevera encuentro una bandeja de pechuga de pollo, y decido cortarla en cuadrados e inventarme algo con todas las especias que tengo por la cocina. Estoy una media hora experimentando una cosa y otra hasta que encuentro una combinación que parece agradable y que incluye nuez moscada. Alguien me dijo una vez que la nuez moscada es afrodisíaca, y aunque parece tener su lógica, hoy en día todas las cosas son afrodisíacas si le hacemos caso a los programas de sexo de la televisión.

Dejo todo el tinglado preparado para cuando llegue mi invitada, y me pongo a buscar por toda la casa un par de velas que puedan mejorar el ambiente. Sé que debo tener, porque a mi última ex le encantaban y me regalaba millones. Y aunque la idea es un poco irrespetuosa (agradar a tu pareja con algo que te ha regalado tu ex-pareja), prefiero ser pragmático y darles un buen uso a tenerlas ahí, recordándome a la última ruptura.

De repente empiezo a agobiarme. Acabo de caer en la cuenta. Esta noche vamos a acostarnos. No es que me haga sentir mal pensar que voy a follar esta noche. Pero sí darme cuenta de que probablemente sea el último polvo con ella. Sí, vale, quizá haya más. Pero ésa no es la sensación que tengo ahora. Si es el último tiene que ser especial. Tiene que quedarse para siempre en la memoria. Por lo menos eso. Aunque sea eso. Poder decir que he ganado algo valioso para la vida. La cosa se acabó, pero en mi lista de hechos importantes de una vida, que merecen la pena vivirla, quiero tener ese momento. ¿Cómo hacer que cuando retocemos sea algo especial? Se supone que siempre lo es, ¿no? No puedo decirle “cariño, ponte encima y date la vuelta, que quiero que esta vez la recuerdes de verdad, para siempre y para toda la puta posteridad”. No, no puedo.

Hay por ahí una teoría. Una teoría que no es seria ni científica, pero que si uno se para a pensar en ella tiene cierto sentido. No recuerdo bien quién me lo dijo, pero creo que fue Óscar (no le pega en absoluto), que si quieres hacer de una sesión de cama algo realmente especial y memorable, tiene que ser con algo de música. Porque normalmente estás volcado en cuanto a tacto, vista…pero nunca tienes los oídos presentes. Igual cuando grita ella, pero normalmente no le añaden demasiado más a la situación. No recuerdo bien la explicación. Pero la idea me seduce. Usar algo de música, una canción que sea impactante. Importante. Duradera.

- Hola, flaco.

Casi sin darme cuenta he descolgado el teléfono y marcado. Hay alguien que creo que puede orientarme en el tema de la música para polvos, y necesito de su ayuda.

- Hombre, tiempo sin saber de ti.

- Bueno, ya sabes, la vida y eso.

- Mucho lío, ¿no?

- Sí, sí. Oye, una cosa…

Eso es lo que dura el intercambio de obviedades. Es un amigo con el que llevo tiempo sin hablar, y que probablemente esté preocupado por mí, por cómo me va la vida. Yo, justo ahora, no lo estoy por él. Sólo lo he recordado porque sabe de música. A eso ha acabado reducido. A amigo melómano al que llamas cuando estás desesperado por encontrar la canción ideal.

- Dime.

- Ya sé que es un poco raro y eso, pero…¿no hablamos una vez de música para hacer el amor y tal?

- Joder, eso fue hace mucho, ¿no?

Vale, con eso queda claro que no fue Óscar el que me habló de la poderosa teoría de la música para el noble arte de la cópula significativa.

- Es que me hace falta ahora algo así.

- Una condición.

- Pide, flaco.

- Que nos veamos las caras pronto, joder.

- Vale, vale.

- Son muchos meses, tío. Siempre con la misma puta agonía vital para quedar.

- Vale, vale. Esta semana si quieres.

- Ok. ¿Para qué quieres exactamente la música?

- ¿Eh?

- No sé, se me ocurren muchos usos. Para follar a lo salvaje, para hacerlo a lo bonito…

- ¿Para que lo recuerde?

- Hombre, a lo salvaje fijo que lo recuerda.

- Me refiero…

¿A qué me refiero exactamente? Sí, probablemente a lo bestia lo recuerde, pero ése no es el tipo de recuerdo que quiero que tenga de mí. O, bueno, sí. Que se lo cuente a sus amigas y eso, vale. Estaría bien que me recordara por eso. Pero lo que necesito realmente es que lo vea como la preciosa última vez. Cuando hizo el amor y fue el momento más bonito del mundo.

- Quiero que sea algo especial.

- ¿Rollo polvo triste?

- ¿Polvo triste?

- Sí, hombre. Cuando has tenido una discusión o algo así, y ninguno de los dos está muy por la labor, pero estás tan hecho polvo y desesperado que acabas haciéndolo. A lo mejor la tía está llorando, o tú, o yo qué sé, y con el abrazo y tal acaba saliendo la cosa. ¿Me explico?

Me viene la imagen a la cabeza, y es perfecta. O sea, no quiero que discutamos, y, desde luego, no me haría ninguna gracia verla llorar, pero es el sentimiento que persigo.

- Me viene perfecto.

- Atento, entonces, porque te voy a dar la clave de la felicidad universal.

Resulta que conozco al grupo, pero no la canción. No tengo la suerte de tener ese disco ni nada de eso, pero la red de redes no tarda nada en encontrarme lo que necesito. Por curiosidad me pongo a buscar la letra para hacer tiempo, y, aunque estoy tentado de ponerme a escuchar, decido dejar que la primera vez que mis oídos la escuchen sea cuando tiene que ser. Así que me limito a leer la letra, y me parece perfecta. Es una de esas canciones que parece que todo el mundo debería conocer, y que no te extrañas de corear cuando la ponen en un bar, aunque no la conozcas previamente.

Marta no se hace esperar mucho más. Me ha dado tiempo de arreglarme un poco, de mirar al espejo y decirme que todo va a salir bien y de recoger el salón y que no parezca que llevo todo el día tirado en el sofá dando vueltas e intentando deshacerme (inútilmente) de la culpabilidad. A juzgar por su mirada, al abrir la puerta, viene contenta.

- ¿Cómo estás, guapo?

Me saluda con un beso en la boca y el tacto de su lengua es extraño. No sabría explicarlo, pero no es el mismo que siempre.

- ¿Qué es esa sorpresa que tienes para mí?

Por un momento quiero decirle que no es nada agradable, y que, por favor, huya del lugar como alma que lleva el diablo. Pero no lo hago. Pongo mi sonrisa de “no pasa nada, me alegro de ver a mi novia” y la invito a pasar.

- Las cosas a su tiempo.

Se sienta en el sofá como si estuviera en su casa. Eso me hace sentir bien y mal a la vez. La familiaridad que tiene con mis muebles me recuerda a otras historias de amor que no funcionaron demasiado bien, pero también me hace pensar en cómo el tiempo ha conseguido que la tenga. Y las cosas que hemos hecho en el sofá…

- Vengo con un montón de hambre, ¿sabes?

- ¿Y eso?

- ¿Te acuerdas de Sandra?

No, no la recuerdo. Y sé que debería. Creo que me la presentó en alguno de esos miles de cumpleaños a los que he estado invitado por ser “novio de”.

- Claro, Sandra.

- Hoy nos hemos ido a correr.

- ¿Cuándo?

- Pues acabo de llegar.

La miro de arriba abajo. Lleva un top de color rojo oscuro, unos vaqueros y unas deportivas, rojas también. No tiene pinta de ser ropa de correr.

- ¿Y has salido a correr con vaqueros?

- Idiota.

De acuerdo. Habrá ido a correr y habrá pasado por casa a cambiarse, porque tampoco huele a sudor ni se la ve sofocada.

- ¿Y qué tal ha estado?

- Bueno, bien. Hemos ido a trote por la avenida marítima un rato, de un lado a otro, hasta que nos hemos cansado. Así que ahora hay que reponer.

- Te he preparado la cena. Espera un momentito y verás.

Lo digo sin ganas, pero parece que suena con ganas, con entusiasmo. Empiezo a apagarme por dentro y no sé por qué. Hay una parte de mí que empieza a pensar en lo que pasó en ese coche, y que si no se lo saca de la cabeza, tendrá una erección. Voy a la cocina, casi corriendo, intentando borrarla o que al menos no se note el bulto en el pantalón.

Pongo los daditos de pollo a la plancha mientras intento que se me ocurra alguna guarnición para sacar el pensamiento de la cabeza. Me viene a la cabeza el arroz, luego alguna verdura que otra y hasta huevos fritos (que no pegan nada en absoluto con lo que estoy preparando), pero la imagen sigue ahí. La desconocida de la entrevista encima y yo debajo. La marca de la respiración en los cristales, cerrados y golpeados por la luna. Huevos escalfados que tampoco pegan para no pensar en la escena. Zanahorias que quiero trocear, cebolla y tomate para escapar. Nada de nada. Estoy en piloto automático luchando conmigo mismo mientras la comida se hace, y al final, cuando ya está todo y estoy colocándola en el plato, es cuando empiezan a abandonarme las imágenes.

La torpeza me acompaña cuando llevo los dos platos y una botella de vino (la descubrí en la despensa mientras buscaba comida) a la mesa. Marta lo mira como si huyera de la guerra y llevase treinta años sin comer.

- Tiene muy buena pinta.

- Espera y verás – digo, dejando los platos.

Voy a donde he dejado las velas y traigo una de ellas, para ponerla en el centro de la mesa. Busco un mechero por todo el salón, hasta darme cuenta de que en los bajos del sofá debe haber uno. Y, efectivamente, lo hay. Enciendo la vela, que despide un aroma a chocolate, o al menos eso decía en la etiqueta. Marta me vuelve a mirar y noto ilusión en los ojos.

- Sí que te lo has currado, ¿eh?

Demasiado para que no sea sospechoso. Una vez leí en una revista de divulgación científica, de ésas con portadas escandalosas, artículos sobre sexo y algún que otro descubrimiento que no está probado del todo, que una de las mayores pruebas de que tu pareja está teniendo una aventura es que empiece a hacerte obsequios. Según la revista, para enmascarar la culpabilidad, y la verdad, intentas devolver la relación al estado de ilusión en el que estaba al principio, cuando se hacen todos los regalos y las cosas especiales, antes de que la rutina se instale. Me pregunto si ella, tal y como me mira ahora, habrá leído también eso.

Sin decir más, empezamos a comer. Me ha quedado bien, muy bien, y eso me hace recuperar algo de confianza. Realmente, la cosa está saliendo a pedir de boca. Estoy convirtiendo todo esto en algo muy memorable. El orgullo sale a la luz por la expresión en mi cara, y oigo algo parecido a “no te lo creas tanto” distorsionado por el masticar y la boca llena de mi interlocutora. No me gusta que la gente hable con la boca llena.

Seguimos comiendo, y comiendo y comiendo otro poco más, hasta que los platos están desnudos. Nos miramos con cara de satisfacción. Estoy henchido de la seguridad que da el pasar a la Historia.

- Los platos están como quiero verte.

- ¿Qué?

- Desnudos.

No digo nada más, y tampoco hace falta. Me acerco a ella y la agarro de la mano, tirando hacia mi cuarto. Al principio se sorprende, pero se deja llevar, como influenciada por algún tipo de hechizo. De nuevo otro peregrinaje, muy corto, hasta la habitación, y al llegar la siento con dulzura en la cama. Se queda quieta, expectante, y aprovecho para acercarme a la minicadena y poner la canción que tiene que sonar.

La luz está apagada, pero las pupilas se dilatan y podemos distinguirnos en medio de la oscuridad. Empezamos a besarnos y es como el Big-Bang. Lo que se desata en el dormitorio tiene su parte de melancolía, pero es tan sobrecogedor que me quita las ganas de hablar. La música se repite una y otra vez, igual que el ciclo se repite entre nosotros dos. Nos besamos más, nos acariciamos y nos vamos desnudando, despacio, como si no hubiera prisa. Como si tuviéramos que disfrutar al máximo del momento porque es el último que vamos a tener. La clarividencia es total. Llegamos a un punto en el que el conocimiento del cuerpo del otro roza el del cuerpo propio. Lo hacemos lento, disfrutando del compás, en sintonía con las ondas, y quiero echarme a llorar, pero no lo consigo. Es lo que mejor hacemos.

Pierdo la noción del tiempo, pero el final llega, inevitable. Todo se acaba. Ella está boca arriba, mirándome, y yo estoy acariciándole la barriga, jugueteando con su ombligo. Intento forzar mi cerebro a que se acuerde de esto, que borre alguna de las tonterías que siempre tengo en la cabeza y guarde la imagen y la proteja contra escritura.

- Ha sido genial, cariño.

Medito la respuesta. Creo que en cinco minutos le diré que me he acostado con otra.

martes 17 de junio de 2008

Héroes

A la mañana siguiente me encuentro nervioso, muy nervioso. He dormido mal, dando vueltas y más vueltas, arrastrando la sábana hacia mí y despertándome cada dos por tres. Es evidente que hay algo que no anda demasiado bien. He debido soñar al menos dos veces con triángulos. Me fui sin despedirme.

Ahora, en medio de la calle, en fin de semana y temprano por la mañana, es como si hubiera muerto toda la población mundial. Ni un alma (contándome a mí). Doy varias vueltas en círculo, teniendo como centro de la circunferencia el piso de Marta. Varias son las veces que me planteo subir de nuevo y decir algo. Pero no me hago caso. No suele salir bien cuando me hago caso. Así que sigo dando vueltas, hasta que al final me aburro de tanto melodrama y decido tomarme unos churros con chocolate. No hace frío, pero es lo que se me antoja ahora mismo. Chocolate, lo más amargo y caliente posible.

Dos calles más abajo, girando a la derecha en la segunda, hay una chocolatería famosa en la ciudad. Básicamente, el sitio al que van a parar todos los borrachos al salir del after-hour o los niños que juegan a quedarse hasta las seis de la mañana despiertos. Por suerte son las ocho y ya apenas quedan, estando el sitio en un relativo estado de calma. Varias parejas en las mesas (circulares) y poco estrés en las dos camareras que atienden. Tal y como debería ser cuando uno va a tomarse algo. Tomo asiento, dándome cuenta de que soy el único que está solo en todo el local, y debería herirme más de lo que ya estoy, pero termina por darme igual.

La chica que viene a atenderme (le pido tres churros, tres) tiene un piercing en la nariz que me recuerda a alguien. No sé a quién, y me disgusta. Le queda bastante bien, no es uno de esos aros, sino más bien el pequeño pendiente redondeado que no destaca tanto. Su nariz no es chata, pero casi. Hace su cara más tierna. Me sonríe cuando le pido los churros y el chocolate por favor.

Mi lengua se quema gracias a la impaciencia. Por un lado quiero disfrutar del momento, fundirme con el cosmos paladeando el cacao y hacer de ese momento algo que dure una eternidad. Pero por otro, tengo prisa. No sé por qué ni para qué. No tengo nada más que hacer que tomarme el puto chocolate. Pero sin embargo, ahí estoy, quemándome como un idiota, tomándolo rápido, como si me fuera la vida en ello. No hay nadie esperándome en casa y nada que hacer hasta que sea una hora más razonable de la mañana. Pero soy incapaz de disfrutar de la taza que con tan buenos modos me ha traído la chica.

A la vez, estoy intentando pensar en lo que es valioso. Pero cuanto más intento enfocarlo y centrarme en ello, más me esquiva. Me viene a la cabeza un momento hace unos años, y lo que mejor recuerdo es la resaca que tenía. Acababa de salir de estar toda la noche en una sala que alquilé con unos amigos (con los que ya apenas tengo trato), poniendo música, con tías a las que habíamos invitado y bebida por todos lados. Creo que me vine porque estaba aburrido de ver cómo se liaban unos con otros. De lo que no estoy seguro es de si yo mismo tuve éxito esa noche, pero a estas alturas me da igual. Siento, al volver a mirar atrás, la decepción que sentía en el momento. Aunque no es decepción, sino otra cosa a la que no sé qué nombre ponerle. ¿Sentimiento de injusticia universal? Algo así, pretencioso. Como si me viera maldito por el karma. Huí de la fiesta y me refugié aquí, como también he huido hoy.

Intento devolver la atención hacia las cosas que hacen de la vida algo que merezca la pena, pero cuanto más le digo a mi cabeza que no piense en lo de esa mañana, más quiere profundizar en el tema, como si tramara traerme algún tipo de epifanía o algo así.

Recuerdo que llovía ligeramente. La chocolatería está al lado de una plaza, y había un borracho tirado en un banco. Creo que me dijo si podía levantarle. Yo aceleré la marcha. Había mucha más gente al llegar, era la típica hora a la que van los que han aguantado toda la noche del tirón y quieren darse el homenaje final antes de ir a dormir o vegetar. A la memoria viene, sobre todo, la cara de dos personas. Una de ellas era significativa en la época, una chica de la que me hubiera gustado enamorarme, rubia ceniza (¿por qué lo llaman ceniza?), ojos grandes y alegres. Desayunaba con su novio y la conocía de la universidad, de hacía unos años. Llevaba tiempo sin recordarla, y al llegar al lugar, fue como el chispazo que te recuerda lo que llevas una vida perdiéndote. Dejó de interesarme al mes de volverla a ver. La otra cara, y aquí es donde viene la sorprendente revelación, es la de Marta. ¿Y qué? ¿Qué quiero decirme a mí mismo con esto, recordando las cosas así? Absolutamente nada. Probablemente me fijé en ella antes, y la olvidé, como olvido a la mayoría de personas. La mente sigue haciendo de las suyas, a la deriva, y quiero terminar con todo y salir corriendo.

Tras la habitual secuencia de dar las gracias cuando se llevan los platos, levantarse, ir al baño y luego pagar, dejando algo de propina, estoy de nuevo en la calle. Debería irme a casa, pero no me apetece, y sé que si lo hago, no saldré en todo el día. De todas formas, debería darme al menos una ducha (con las prisas no lo hice en casa de mi querida novia) y cambiarme, por lo que la opción “volver al hogar, dulce hogar” gana.

Pasado el trayecto de tranvía, donde no me encuentro con nadie famoso por más que lo intente, estoy cerrando la puerta, entrando en mi cueva y dejando atrás el pasado, presente y futuro. Ducha hirviendo y luego fría. Zumo de naranja para desayunar. Un batín para no pasearme desnudo. ¿Ahora qué hago?

Al pasar por el salón veo el teléfono y recuerdo que he quedado con Sergio. Quizá sea demasiado temprano, y quizá sea de demasiado mal gusto llamarle sólo porque no tengo nada qué hacer y si estoy un rato más conmigo mismo puedo echarme a llorar, pero eso es lo que hago. Llamarle.

- Buenos días por la mañana.

Extrañado por el saludo, concluyo que debe llevar un rato despierto. A veces se despierta temprano, o igual eso es lo que quiero imaginar.

- ¿Qué tal, tío?

- ¿No podías esperar más para quedar y has mandado a paseo a la mujer?

- Tanto como eso…

- Estás de suerte.

- ¿Lo estoy?

- Lo estás.

Decido no discutirlo. Diga lo que diga, la conversación puede prolongarse media hora más con todo tipo de frases hechas y basura que concluirá que toda la civilización occidental está de suerte. Bendito Estado de Derecho.

- Me dijiste algo de unas tartas, pero no es hora…

- No, no es hora. Por eso vamos a hacer algo mejor.

- Dime, flaco.

- Es una sorpresa.

- ¿Qué me pongo?

- ¿Eh?

- Sí, ropa. No voy a arreglarme para ir luego a la playa o al monte, ¿no?

- Trae algo cómodo. Pantalones cortos o algo así.

- ¿Pantalones cortos?

- ¿Te has fijado el calor que hace, joder?

No, no me he fijado. Llevo desde que me desperté demasiado ensimismado, luchando contra todo tipo de fuerzas demoníacas que intentan colarse en mi cabeza o en mi corazón.

- Vale, vale, buscaré.

- Nos vemos ahora.

Tras un rato de rebuscar, encuentro unas bermudas de playa, de las largas. Me llegan por debajo de la rodilla y no están mal. Al ser de color negro uno no tiene que romperse demasiado la cabeza para combinarlas y que no quede mal. Pillo una camiseta de andar por casa y unas cholas de playa, y estoy más que listo. Sergio, como siempre, no se hace esperar.

Subidos al coche me comenta algo de que mañana habrá tormenta. Que lo ha visto en la tele. Es la típica conversación sobre el tiempo, pero llevada a otra dimensión, comentando efectos adversos del mismo para la economía, las relaciones humanas y los matrimonios heterosexuales. Típica charla insustancial para hacer que el conductor no se duerma y que el viaje no se haga demasiado largo.

- Éste es el viaje del héroe, tío.

- ¿Éste?

- Hablo en general, de la vida.

- ¿La nuestra?

- Por ejemplo.

- Más o menos te entiendo. Estamos llamados a algo, pero al principio lo rechazamos.

- Y luego mataríamos por tenerlo, y eso es lo que hacemos.

- Pero la cosa acaba mal, siempre.

- Los héroes mueren, ¿no?

- Según la idea tradicional del viaje del héroe y todo eso, no sería ese esquema. Y nos falta un enemigo sobrenatural, o algo así. Pero bueno, tienes algo de razón.

- Qué linda conversación filosófica, ¿eh?

Para que se ande con estos rodeos, debe haber algo que Sergio quiere decirme. Normalmente es más directo y evita abstracciones y alegorías. También el coche da rodeos, y empezamos a meternos por carreteras que no conozco, alejadas de la principal que recorre la isla.

- ¿Carreteras secundarias?

- Más bien de reparto. Es para llegar al sitio.

Por cierto, él también lleva un pantalón corto y una camiseta de andar por casa.

- ¿Me dices dónde es?

- Llegamos en nada, no seas pesado.

A la media hora, tras atravesar un camino lleno de baches y sin pavimentar, hemos llegado. El sitio es apabullante, tan bello que destruye por un momento los sentidos. El olor a mar en el aire y la brisa acercándose. Las montañas por encima de nosotros, gigantes a los que les somos indiferentes. Y luego un pequeño camino de tierra que sigue, sinuoso, a un paso entre ellas, para llegar a una cala de arena negra donde no hay absolutamente nadie. Nadie más en el mundo. Nadie más para ver el reflejo del sol en el mar. Nadie más para desear ser la gaviota que nos sobrevuela. Nadie más sintiendo el tacto de arena entre los dedos, cálida y casi viva.

Las gafas de sol de Sergio se encuentran con mis ojos. Está sonriendo, aunque se nota que el gesto tiene algo forzado.

- Menudo sitio. – le digo.

- Ideal para traerse a alguien especial, mariconeos aparte. Voy un momento a pillar una cosa al maletero.

Lo veo desandar sus pasos, de vuelta al coche, y por un momento estoy absolutamente solo. Tal y como vine al mundo, salvo por el tema de la ropa y la estatura y no estar lleno de sangre y…En fin, esas cosas. Hay muchos sonidos en una playa cuando no tienes que estar pendiente de una conversación. El más evidente es el de las olas, que debe estar en el greatest hits de sonidos favoritos de media humanidad. No es para menos. La espuma bajando y subiendo, el mar golpeando a la tierra y erosionándola en un ciclo perpetuo. Pero no es el único sonido. Si uno presta atención y se centra en el momento presente, puede escuchar el viento. Los propios pasos. La respiración. Las gaviotas y otras aves. Si el ser humano fuera capaz de arrancarse los pensamientos de la cabeza y quedarse vacío de toda preocupación sería la criatura más agraciada del planeta.

Oigo también los pasos de Sergio sobre la arena, y antes de que pueda decirme nada, ya me he dado la vuelta. Carga con dos cañas de pescar, una azulada y otra verde. Me pasa la primera con la mayor de las reverencias, y creo que es la segunda vez en mi vida en la que sostengo una.

- ¿Sabes pescar?

- ¿Se puede pescar algo aquí?

- Lo dudo. Los peces no son tontos y nos verán venir a la legua.

- ¿Entonces?

- Lo importante es la actividad. Estar concentrado, en silencio, ¿entiendes?

- Más o menos.

Rápidamente me instruye en lo básico. Se ve que la cosa ha sido improvisada, así que lo que ha traído como cebo da bastante pena. Dos barras de pan divididas a la mitad. Dos de las mitades son gomosas y son las que ponemos en el anzuelo. Luego vamos hasta unas rocas y nos subimos, quedando muy poco por encima de la altura del agua.

Lo siguiente es reducir a migas lo que queda de pan y echarlo al mar, en abundancia. Se supone que eso atraerá la curiosidad de los bichos y hará que se acerquen al cebo y se lo intenten llevar de un bocado. Cuando note que algo tira, lo “único” que debo hacer es recoger la caña. Lo difícil no es eso, sino lanzar el maldito sedal al agua, que me lleva tres intentos y las risas de Sergio.

Pasamos un buen rato callados, concentrados en la presa. Una presa no deseada para la que estoy esforzándome más que con una que sí lo fuera. El mar moviéndose. Estoy concentrado en la tarea. Por un rato, incluso consigo tener el cerebro apagado, vacío de preocupaciones y de pensamientos. Soy uno con la conciencia universal, el medio ambiente y la paz mundial. Soy un maestro zen. Soy la caña.

Y soy incapaz de mantener la concentración. Escasos minutos después salgo del Nirvana. Los pensamientos vuelven a mi cabeza. Vuelvo a ver triángulos en todas partes.

- Flaco…

Sergio tarda en responder, como si la distancia que hay entre nosotros dos fuera de miles de metros.

- Dime.

- Estoy jodido.

- ¿No te gusta lo de pescar?

- Qué va, eso está bien. Es Marta.

- ¿Has tenido movida con ella?

- Eh…no exactamente.

- ¿Entonces?

- ¿Te hablé de la macrofiesta del fin del mundo?

- ¿La rave ésa?

- Ésa.

- La cagaste allí.

- No sé por qué…Me metí de todo. No tenía esa necesidad. Podía haber quedado con ella, pero fui y me pillé un ciego espectacular.

- Bueno, es positivo tener tu espacio personal para ti…

- Me lo hice con otra tía.

- ¿Estaba buena?

- ¿Qué pregunta es ésa?

- Para saber por qué lo hiciste.

- No lo hice porque estuviera buena.

Espero que ahora no me responda que si entonces era fea. Pero ésa sería más bien una respuesta de Óscar. Por eso lo hablo con quien lo hablo. Porque no quiero bromas. Porque necesito ventilar lo que hay dentro. Sacarlo a la superficie.

- No sabes por qué lo hiciste, ¿no?

- No.

- Y las drogas no son excusa.

- Sabes tanto como yo que no.

- ¿Ella lo sabe?

- No, claro que no.

No es una opción decírselo. No quiero hacerle daño. Bueno, uno nunca quiere hacer daño a los demás, pero termina arreglándoselas para hacer lo más adecuado para herir y reventarle el corazón a sus seres queridos.

- “Ojos que no ven…”

- Estoy jodido, flaco. Muy jodido. No puedo mirarla a la cara sin acordarme de la otra tía.

- ¿En qué sentido?

- No de que me gustara, joder. Ni siquiera sé su nombre ni nada. No es eso. Es más bien, recordar lo que he hecho. Acordarme de mi error. Lo veo cada vez que estoy con ella. Anoche follando lo pasé fatal…

- ¿Y qué vas a hacer?

- Nada. No sé…

- ¿Sospechas de que ella te haya hecho lo mismo?

- Qué va. ¿Por?

- Igual lo has hecho por celos, o algo así. En plan “guerra preventiva”.

- ¿No se supone que los celos son porque no queremos que nos lo hagan a nosotros?

- Bienvenido a la humanidad.

Nos callamos. Sergio parece algo incómodo, preocupado. He estado en situaciones así y tampoco se me ha ocurrido nada que decir. La idea es escuchar. Tampoco me siento especialmente mejor, aunque estoy más tranquilo. Intento centrar de nuevo la atención en la pesca y él me sigue. Pasamos otro rato más en comunión con la naturaleza, desapegados del mundo, y no sé cómo lo hago, pero consigo no echarme a llorar.

lunes 9 de junio de 2008

Nudo

Una relación de pareja que quiera triunfar necesita estabilidad. Una serie de grilletes y cadenas en los que tener cierta libertad, que te aten a un destino común mientras te permiten una cierta independencia. Eso es lo que pone, palabra por palabra, en el libro de autoayuda.

Estoy sentado en el sofá y es viernes otra vez. He vuelto de trabajar con poco ánimo, cada vez peor desde que hablé con Adrián. Mi nuevo amigo íntimo, Adrián. El que me pregunta lo que es valioso. Aunque puedo entender que haya hecho esa pregunta, y que, sin duda, debe tener algún tipo de valor terapéutico, para mí no es más que una tortura. Aprovecho los momentos en los que mi mente vaga más allá del tranvía, o cuando miro por la ventana esperando a la próxima entrevista. Intento mirar hacia dentro, hacer algún tipo de introspección. Pero siempre es la misma maldita respuesta. Nada, y punto. Quizá es que es nuevo en esto de ser psicólogo, y aún no comprende la magnitud de la tragedia. Sus intenciones serán tan puras como la nieve del Everest, pero sólo consigue hacerme daño y lanzarme con más fuerza a los brazos de la depresión.

El libro de autoayuda tampoco dice mucho más. Sigue dando vueltas con el tema del “yo iluminado” hasta hacer que me maree. Trae consejos para todo, como si fuera una fuente de felicidad. De momento, ninguno está sirviendo. Aunque resulta interesante lo de las cadenas. Leí algo sobre que las parejas que más duran son las que tienen amigos en común. Muchos amigos en común, tan amigos de él como de ella. Y también se llevan bien con sus familias (especialmente los suegros). Lo llama “red social”. Cuanto más grande sea la red, más caídas puede parar antes de romperse. Nadie puede negar lo hermoso de la metáfora, y la lógica que puede tener.

Por eso le he pedido a Marta que me presente a su familia. Y yo le presentaré a la mía. No son más que unos meses, pero según el libro, ya va siendo hora. Y, aún con mis dudas, necesito todos los asideros posibles, y éste es uno que tiene metáforas preciosas.

Me dijo que no era mala idea, pero que hoy no le apetecía. Que no estaba muy por la labor de salir, y que si me pasaba por su casa a ver una película. Le sugerí una sobre unos monjes que no tienen emociones y queman obras de arte, o algo así. Creo que Óscar me la recomendó. O igual Sergio, la verdad es que no lo recuerdo bien. El del videoclub, un tipo alto de mirada perdida (realmente daba miedo) me dijo que estaba muy bien. Que me gustaría. No le pedí su opinión, y tampoco era requisito sine qua non que la película estuviera bien y me gustara. Hoy en día, la mayoría son un bodrio infumable que cumple su función: acelerar el tiempo hasta que tengamos algo más interesante que hacer.

Tiro el libro a un lado del sofá y me levanto. Todavía tengo que darme una ducha (luego me daré otra en casa de Marta, y aunque lo sé, tampoco puedo evitar la ducha de antes de salir de casa, de antes de quedar) y elegir qué ropa ponerme, así que debería darme prisa. Marta es valiosa. Sé que es valiosa. Pero cuando me pongo a rebuscar lo que hace una vida algo digno de ser vivido, ella no está. Es evidente, ¿no? Tanto ella como yo sabemos que las cosas tienen un fin. Hace unos años habría pensado lo mismo, pero todavía alguna parte de mí se habría levantado en armas contra la afirmación. No puedo anotar en mi lista de cosas valiosas a Marta, porque dentro de un tiempo dejará de estar. Y puede que incluso la odie. O peor aún, no sienta absolutamente nada cuando piense en ella. Quiero, pero no puedo darle esa importancia.

Entro en el baño y veo mi cara en el espejo. No sé cómo voy a lograr engañarla esta noche. Es obvio que soy culpable de algo. Todo mi cuerpo me delata. Son estos ojos los que la mirarán, ojos que la traicionaron el domingo pasado. Mis dedos acariciando su mentón, aún cargando piel muerta de otra. Aparto la mirada. Creo que quiero llorar de furia. Llaman al teléfono. Doy las gracias al deus ex machina por salvarme.

- ¿Diga?

- Digo, pequeña.

Es Sergio. No hemos hablado mucho desde la última vez.

- Joder, estaba justo pensando en ti.

- Resérvate los bultos de la entrepierna para tu novia.

Le escucho reírse. No sé lo que decirle, pero también sé que hay algo que debo decir. Si no lo hago, estallaré.

- ¿Cómo te van las cosas?

- Bueno, ya sabes. Como siempre.

- Siempre como siempre.

- Claro.

- Imagino que ahora mejor, con buena compañía.

- A veces, sí.

- ¿Y las otras veces?

- Peor, flaco. No sé, esto no es algo que haya que hablar por teléfono, ¿no?

- Puedo pasarte a buscar.

- He quedado con ella.

- Entonces te paso a buscar mañana. Han abierto una cafetería nueva y tienen unas tartas que te van a hacer llorar.

- Me vendrá bien.

- Déjate de boberías y hazla una mujer esta noche, anda.

- Sí…

- ¿Lo harás por mí?

- Sí, sí.

- Entonces nos vemos mañana.

Voy a responderle, pero ya ha colgado. Había algo en su voz. ¿Celos? ¿Envidia? No lo sé. Pero había algo raro. Vuelvo al baño, me quito toda la ropa y giro la llave del agua fría. Casi grito cuando caen los primeros chorros, pero ahora mismo es lo que necesito. Si fuera agua caliente, empezaría a cantar en la ducha. Y no me conviene ahora mismo. Llevo toda la tarde con una canción metida en la cabeza. Intentaba pensar en cosas valiosas y aparecía. Como si fuera un fantasma y yo la casa encantada, habitándome sin salir ni un puto momento. Dándole más peso a mi amargura.

Termino rápido de ducharme, hay temperaturas que el ser humano no puede tolerar, y una de ellas es el agua fría de ducha, que debe de ser tan insoportable como salir en mangas de camisa por la Antártica. E igual de sano, por mucho que digan. Como un zombi me arrastro hasta la habitación a buscar la ropa. Hace frío en la calle, y tampoco vamos a salir a ningún sitio, así que debe ser más funcional que elegante. Más ética que estética. Hay una chaqueta oscura que llevo tiempo sin usar en el fondo del armario. La cojo para darle una segunda oportunidad, la libertad condicional para la ropa. Añado una camiseta verde oscura y unos vaqueros. Me pongo las zapatillas y estoy listo.

Me sorprendo hablando en voz baja caminando hacia el tranvía. “Yo podría ser tu esclavo.” Así es como empieza. Lo peligroso de la música en tu lengua materna es que entiendes la letra. Y hay varias cosas peligrosas de entender la letra. La primera es pillar una decepción enorme con el grupo. La segunda es darte cuenta de que hay gente que siente lo que tú sientes. Porque te están dando la razón. Te están diciendo que tu comportamiento es el adecuado. Y, ahora mismo, en mi cabeza, hay alguien susurrándome que una vida de esclavitud hacia otra persona es lo mejor que puede haber. Alguien que está reafirmándome. Sería perfecto que la canción hablara de cómo arreglar haberle puesto los cuernos a esa persona. Sí, sería de gran ayuda.

La mente ocupada en lo que subo y bajo del tranvía, buscando las cosas valiosas. No encuentro nada, salvo la melodía recorriéndome de arriba abajo. Intento defenderme apurando el paso, entregándome al frío de la noche. Calle tras calle, como la primera vez que fuimos, apenas sin prestar atención. Una mano invisible me empuja y lo agradezco. Al final consigo esquivar la canción al llegar a la puerta del edificio.

Es llamar al portero y abrirse automáticamente. Subo las escaleras a trompicones y vuelvo a ser el peregrino que fui, nervioso. Con el corazón a mil revoluciones por minuto. El mismo corazón que bombeó la sangre al miembro equivocado el domingo. Ese mismo corazón traidor que tenía que haberse agrietado antes que ceder un milímetro.

La puerta se abre. Lo primero que veo son los ojos de Marta, brillando. Pensar en ellos no le hace justicia a la realidad. Me recibe con un beso en la boca. Es uno de esos besos que tienen más de ternura que de pasión. Me encanta que casi siempre bese así, que no le dé miedo mostrar lo que siente. No, le gusta dejar claro lo que piensa, y no necesita enmascararlo en polvos y más polvos para no tener que decirlo. En ese sentido, es muy distinta a la mayoría de gente que conozco.

- He traído la película.

Me pone el índice en la boca, como mandándome a callar. Hace eso constantemente.

- Claro, la película. Pues ya puedes irte, ¿no?

- Si quieres…

- ¡Idiota!

Está claro que a ninguno de los dos nos interesa demasiado ver a los monjes quemando cuadros. Aunque sean pistoleros. La canción vuelve a mí e intenta salir a flote, pero logro contenerme. Entramos a su piso y nos sentamos en el sofá que tan bien conozco ya.

- ¿Qué tal ha estado la semana?

- Bueno, como siempre.

- Pareces programado para decir eso.

- Es que es la verdad…

- No debería serlo.

El mítico “como siempre” no funciona con ella. Y eso es bueno, pero también es malo. Con el resto del mundo, es la respuesta válida cuando no quieres pararte a pensar en cómo está siendo tu vida. Aceptan esa respuesta y te dan la misma, y ya puedes hablar de cualquier otra cosa. Porque si te parases a pensar y te dieras cuenta, efectivamente, de que siempre es como siempre, enfermarías y acabarías marchitándote como una flor. El mundo se extinguiría por pura rutina. Marta lo sabe, sabe que el mundo está loco y que no es más que una repetición de lunes a viernes. Quiere hacer algo por cambiarlo. Por eso intenta ir a clases de cualquier cosa. Y cuando digo cualquier cosa, es cualquier cosa. También va a conferencias, exposiciones. A la playa los días que no hace calor. Alguna vez me llama para que vayamos juntos, pero la mayoría quiere hacerlo sola. Dice que así es mejor, y es cierto. A mí me apetece más estar en casa, sentado en el sofá, haciendo cualquier cosa.

- Bueno…

- Yo estuve ayer en una entrega de premios.

- ¿Una entrega de premios?

- Literarios. Le dieron uno de los premios a mi primo.

- ¿Escribe?

- Por eso le dieron el premio.

Su respuesta me hace reír. Creo que, al menos, la risa sigue existiendo sin haber sido tocada por otra.

- Fue por un relato. No me ha dejado leerlo, porque al parecer, debe ser inédito.

- ¿También para la familia?

- No sé, le dará vergüenza. Pero bueno, la entrega estuvo muy bien, y quedó segundo.

- ¿Qué era, de relatos?

- Narración breve, que queda mejor. Pero sí, básicamente eso. El suyo se llamaba “Fantasmas de las Antípodas”.

- Menudo nombre.

- Dice que cuando lo lees lo entiendes, pero si no me deja leerlo…

Seguimos hablando un rato más de eso, hasta que la conversación va tomando otros derroteros. Aún no me ha preguntado qué tal lo pasé el domingo. Pero debe notarlo. Debe ver la traición en cada uno de los poros de mi piel. Mi piel, áspera y contaminada por manos que no eran las que deberían ser.

- ¿Ponemos la peli?

- Venga.

La ponemos. La verdad es que no está mal. La descripción de los monjes quemadores de cosas no hacía verdadera justicia al argumento, pero siempre es así. Siempre hay gente que te cuenta las películas y hace que no quieras verlas, cuando al final resultan ser buenas. Deben estar en nómina de estudios rivales, o algo así.

Al acabar estamos los dos juntos, muy juntos. Con el mando le doy el golpe de gracia a la situación, apagando la pantalla. Solos en la oscuridad y con frío en la calle. Pocas situaciones mejores se me ocurren. Estoy temblando. Sobrecogido. La canción sigue dentro de mí. Pero más dentro aún está el hecho de que este momento no entrará en la lista de cosas valiosas de la vida. Es sólo un instante. Dentro de unas horas habrá muerto. Podré recordarlo, y con el paso del tiempo será cada vez más mítico, más importante. Pero lo será porque está lejano, y porque probablemente estaré peor cuando lo recuerde. No tiene ningún valor, salvo los sentimientos que hay ahora. Un catálogo inmenso que abarca la inseguridad, la culpa y, tal vez, el amor. El más importante de ese catálogo es el miedo. Miedo porque esto se acabará y dejaré de tenerlo. Miedo porque estará en mi recuerdo.

- Estás temblando.

No sé lo que responder. Sólo quiero que me abrace.

- Estoy un poco nervioso.

- ¿Nervioso?

- Preocupado por una cosa del trabajo.

Es evidente que no se lo traga. Sabe de sobra que mi trabajo me da igual. Y sabe más de sobra que no me pondría a pensar en el trabajo estando con ella. Pero acepta la respuesta, y por un rato más no dice nada. Un rato que es más importante que el resto de cosas. Un rato que interrumpe para decirme algo más importante aún.

- ¿Sabes?

- ¿Sí?

- Te quiero.

Es la primera vez que me lo dice, y yo no sé qué responder. No estoy preparado para esto. No estoy preparado para que me diga que me quiere tras haber estado retozando con una tía anónima que no me interesaba. No estoy a su altura. Y no debería responder, pero lo hago, haciendo que el problema sea mayor aún.

- Yo también te quiero.

Quiero decirle que yo siempre seré su esclavo. La canción vuelve a mí y el grupo se llama Triángulo de Amor Bizarro.

miércoles 28 de mayo de 2008

Lo que es valioso

Alguien me dijo una vez que si vas al psicólogo por la Seguridad Social, acabas teniendo más posibilidades de suicidarte que las que traías de serie. Bueno, no fueron las palabras exactas, pero probablemente se refería a que te dan cita cada medio año si no vas urgente, y cada mes si vas urgentísimo al borde del colapso nervioso. Por otro lado, las calles están cada vez más llenas de placas de licenciados en psicología, y algunas incluso traen algún añadido del tipo “especializado en niños” o lo que toque. Como si la desidia estatal por la salud mental de su gente hiciera lucrativo el negocio de la psicología.

He pasado el día llamando a varios sitios en vez de trabajar. El precio medio por la consulta es de unos cincuenta euros. Dos de ellas me dijeron que tenían hueco para hoy mismo y que estarían encantadas de atenderme. Que la primera consulta era gratis. Igual que la primera dosis. Una tenía acento catalán y sonaba algo vieja. No es que tenga nada en contra de los catalanes, pero sí de contarle mis intimidades a un anciano que no tiene por qué entenderme. Puede que sean prejuicios. La otra chica, simplemente, no me gustó por lo que dijo al teléfono. No lo recuerdo muy bien, pero sé que no me gustó.

Terminé decantándome por un tío. Álvaro. O Alberto, no recuerdo bien. Me dijo su dirección, así que buscaré su placa y tendré toda la información que necesito. Me resultó simpático cuando hablamos. Igual porque es un hombre, y siempre está la obligación social de que dos hombres se reúnan para contarse cosas de hombres sin que las mujeres miren. A saber.

Afuera es miércoles. Miro la puerta de la oficina como el preso miraría la puerta principal de salida (y entrada) de la cárcel. La misma avidez en los ojos. La misma avaricia. Pero tampoco tengo nada mejor que hacer para el resto del día, salvo ir al psicólogo a pedir una baja. Y espero que estos cabrones la acepten, porque aún no me he cogido ninguna. Nunca me ha dolido la tripa ni se me ha puesto un familiar enfermo el día que llovía demasiado y no me apetecía salir de casa. Bueno, quizá alguna vez, pero no demasiadas. Afuera es miércoles y hace un tiempo de mierda en la calle, bochorno húmedo del tipo “jódete con el cambio climático gracias a los pecados de tus padres y abuelos”. La gente anda desorientada por la calle, de un lado a otro. Cada uno con su historia y yo aquí encerrado con la mía.

- Se te ve jodido, tío.

- Podría ser peor.

No necesito la piedad de Johnny en este momento. Lo malo es que ya hoy he desgastado mi sonrisa de entrevistas de tanto usarla, así que no puedo ser tan falso como para esconder cómo me siento.

- Voy a ir a la bolera luego con unas amigas. Vente.

En Samaria hacen falta buenos tipos como Johnny. Gente que se porte bien con los israelíes a la que hacerle parábolas. Porque aquí, en esta oficina, no queremos buenos samaritanos. Y menos a él. Jodido hipócrita. Un día hablando de traiciones y al día siguiente abrazando a la misma persona. Su compasión es tan dolorosa que me dan ganas de gritar y llorar. Por un momento el mundo parece dar vueltas sobre ejes ajenos al normal. Por un momento quiero responderle que se muera de una vez.

- Gracias, flaco. Pero tengo planes ya.

- ¿Una golfilla, eh?

- Eres listo, Johnny. Llegarás lejos.

Quizá el muy imbécil no atendiera a nada cuando le dije que tenía novia. Aunque no recuerdo habérselo dicho, debo haberlo hecho alguna vez, para que me dejara en paz. Para que parase con el puto tema de las zorras del Messenger y las golfas de internet. Debe saber que no, que no voy a verme con nadie. Pero tiene que deslizar su comentario. Quedar como un hombre. Un hombre de verdad.

- Pues nada, ya me contarás.

El tiempo funciona distinto alrededor suyo. Al menos eso puedo concedérselo. Estoy seguro de que hemos hablado de algo más. De que han pasado por mi cabeza más líneas de diálogo. Si no, no me explico que sea ya la hora de salir. Una campana imaginaria resuena, mis pulmones inhalan con fuerza y suelto el mejor suspiro del mundo, ése que te libera de la opresión de un día entero. Lo cierto es que ya no me siento tan mal, ahora que he salido del trabajo, pero sería un poco desagradable dejar a Adolfo solo en su consulta, cabizbajo, esperando una visita que nunca llegará.

Así que me sumerjo en el bochorno y emprendo la marcha, directo al edificio donde me dijo que tiene su pequeño diván y esas cosas. Está cerca de la oficina, un detallazo para los que no nos gusta sudar por el maldito calor pegajoso. Debería llover de una vez, pero no lloverá hasta que no quiera que llueva. Una jugada típica de Dios, si es que existe.

El edificio me suena. Es la sede de una compañía importante de seguros, y tiene un león en la fachada (creo que esa parte se llama frontón, encima de la puerta). Hay cientos de placas, pero casi todas son de abogados. También puedo ver a un portero, sentado y protegido de indeseables por una mesa enorme. Hacía tiempo que no veía un edificio con portero. El hombre está mayor y casi calvo, con esos míticos pelos de los lados agrupándose para formar lo que pretende ser una melena. Arriba, a la derecha del todo, en el mar de metal, está la placa que busco, y descubro que el psicólogo que va a curarme por fin de todo mal se llama Adrián. He llegado antes de la hora. Bastante antes de la hora.

Miro a mi derecha y unos enormes almacenes comerciales se extienden ante mí. No puedo permitirme entrar si quiero pagarle a Adrián. E imagino que Adrián quiere que le pague. Más abajo hay una cafetería de ésas modernas, donde queda la gente más chic de la ciudad, lo que venimos a llamar “café”. Y arriba, como enfrentada, la típica cafetería de toda la vida donde se reúnen los viejos por las mañanas para tomar carajillos o directamente whisky. Harto como estoy de tonterías, decido ir a la segunda, pedirme un café bien cargado, dejar propina y hacer tiempo mirando el periódico. En la portada salen varios políticos insultándose, algo que termina por hacerse aburrido.

Llegada la hora, me despido y mi voz resuena, como un eco. Apenas hay nadie a estas horas. Mis pasos me llevan de nuevo a la consulta de mi querido Adrián, y no sé cómo imaginarlo. Pero bueno, el misterio terminará pronto. Oprimo con suavidad el botón que corresponde a su piso, y la puerta se abre automáticamente. Entro y el portero se queda mirándome.

- Hola, voy al psicólogo.

No responde, pero al menos asiente. Está en el código de honor de los porteros no tener que preguntarte a dónde vas. Si lo hacen, pierden puntos. La idea es que su mirada sea tan despectiva e inquisidora que tengas, entre sudores y lágrimas, que soltárselo tú. Bueno, el melenudo lo ha conseguido, ha ganado el duelo de miradas, y se queda contento pensando que el tío joven que acaba de entrar necesita ir al psicólogo.

Es un quinto piso, pero hay ascensor. Sería un poco estúpido hacer subir a tus clientes por las escaleras, ¿no? Al llegar, es un pasillo con un montón de puertas, casi todas de abogados, y en una de las esquinas, la que ando buscando. Tiene una plaquita con el nombre y apellidos de Adrián y su titulación. Decido dejarme de preámbulos y rodeos. Mis nudillos golpean la madera con suavidad, deseando que haya una respuesta dentro.

Al poco se abre la puerta y una cabeza con pelo rubio oscuro se asoma. Es más joven de lo que pensaba. De hecho, podría tener perfectamente mi edad. Me fijo en su boca, y tiene la marca que deja un piercing al quitártelo. Debe ser un tipo enrollado.

- Hola, venía para una cita...

- Sí, sí. ¡Qué puntual!

Me sonríe y tiene los dientes bonitos, aunque un poco amarillentos por el tabaco, el café o alguna malformación congénita. Imaginaba que llevaría una bata o algo así, pero no. Lleva puesta una camisa de rayas (fondo marrón, rayas negras) y unos vaqueros, negros también. No le miro a los pies, pero supongo que llevará zapatos a juego. Sus ojos son marrones tirando a verde terapia. Me tiende la mano y yo la estrecho. Nos presentamos, aunque ya sabemos el uno el nombre del otro.

- Pasa, por favor.

La consulta no es muy grande. A la entrada hay una pequeña sala de espera con sillas que parecen cómodas. Pero no hay nadie esperando. También hay cuadros. Cosas relajantes, como el mar, una puesta de sol…Y un hilo musical que me recuerda la última vez que fui al dentista. Le persigo hasta girar a la derecha y dar con una puerta abierta. Los dos entramos. Hay dos sillones frente a frente, dos estanterías llenas de libros de psicología (supongo, no los miro todos) y poco más. Los colores son agradables, cálidos. Amarillo pálido en las paredes, ese único tono de amarillo que no es chillón y no distrae. Hace un gesto con la mano para que me siente y yo le hago caso.

- Bueno, cuando hablamos más o menos me contaste lo que te pasaba, ¿no? ¿Qué tal te encuentras ahora?

Es la peor pregunta que podía hacerme. No me ha hecho rellenar fichas ni me ha tumbado ni me ha pasado un test ni nada de eso. Es como intentar bucear antes de saber nadar. No sé qué responder.

- La verdad es que no sé.

- ¿No sabes cómo te sientes?

No parece sorprendido ni indignado. Tampoco parece que le interese especialmente, y eso es bueno. Odio el falso interés y ya he tenido demasiado hoy.

- Sé que no me siento muy bien. Pero no me siento especialmente mal.

- ¿Como en medio?

- Eso.

- ¿Y qué esperas lograr viniendo?

Una vez, de fiesta, una tía me dijo que era psicóloga. Tenía pinta de haber bebido varias copas de más. Me contó que sabía cuándo mentía al mirarme a los ojos. Yo no le hice mucho caso, pero empieza a preocuparme. Espero conseguir una baja por depresión. Creo que me siento deprimido. Pero no es nada elegante decir eso.

- Eh…¿mejorar?

- No pareces muy seguro.

- Mejorar, mejorar. No me salía la palabra.

- No te preocupes. De todas formas, cuando no estés muy seguro de algo, prefiero que me digas que no sabes, ¿de acuerdo?

- De acuerdo.

- Por teléfono me dijiste que estabas deprimido. ¿Por qué piensas que estás deprimido?

Eso es algo que no sé. Al fin y al cabo, el psicólogo es él. Tenía que haber leído una lista de síntomas o algo así.

- Pues…no me suelo sentir muy bien.

- Ajá. ¿Qué tal estás durmiendo?

- Más o menos igual que siempre.

- ¿Comes bien?

- Lo mismo que antes de estar deprimido.

- ¿Has llegado a pensar en…acabar con todo?

- Creo que no.

- Vale. Si quieres puedo pasarte un test o podemos seguir hablando de esto, pero no parece que estés deprimido.

- ¿Y qué me pasa?

- Bueno, una cosa es una depresión, y otra es tener síntomas. O tener problemas en la vida.

Fantástico. Para decirme que todos tenemos problemas y que hay que aprender a sobrellevarlos ya tenía al maldito libro de autoayuda. Espero que al menos innove un poco y no se ponga a hablar de mi yo luminoso y de cómo tengo que mantenerlo ardiendo, con un fuego inextinguible que lo alimente para siempre.

- ¿Entonces?

- Vamos a hacer algo que va a ayudarte a mejorar, pero no es terapia ni nada de eso. Es necesario que te comprometas y que explores un poco cuál es tu forma de ver la vida y cómo quieres que sea.

- ¿Me va a ayudar?

- Sólo si te ayudas tú mismo. Pero por eso has venido, ¿no? Porque quieres ayudarte.

No tengo demasiadas ganas de ponerme existencialista. No me gusta. Pero algo tengo que hacer para cambiar las cosas. Y estoy seguro de que tengo una depresión. Por muy psicólogo que sea mi amigo Adrián, no puede estar tan seguro de que no la tengo con un par de preguntas. Tampoco me ha preguntado por mi pareja. Debería haberlo hecho. Tengo ganas de hablar de eso. Sólo hablar de eso y pasarle la culpabilidad a alguien.

- Bueno, podemos hacerlo.

- Perfecto. Voy a hacerte una serie de preguntas y quiero que pienses bien antes de contestarme, ¿ok?

- Ok.

- ¿Cómo sería una vida valiosa para ti? ¿Cómo es una vida que merece la pena ser vivida?

La pregunta me coge con la guardia baja y me engancha tres puñetazos directos a la cara. Miro hacia el techo. Miro a los lados. Me gustaría tener uno de esos manuales de psicología que hay en las estanterías. Probablemente ahí salga una buena respuesta. ¿Qué tiene una vida que merece la pena ser vivida? Compañía, probablemente. Una compañía agradable con la que matar a la soledad. Y, bueno, lo típico. Una casa, un coche, un perro, un hijo y medio. Días soleados en el jardín jugando a darnos manguerazos. Ahorrar y poner una piscina en el patio donde enseñar a los críos a nadar y cometer alocadas tropelías con el perro. Tampoco es que me haga demasiada ilusión lo del perro, pero así es como deben ser las cosas. Así es como me han vendido la vida que merece la pena. Sigo mirando al techo, intentando encontrarme a mí mismo ahí. Miro a los ojos a Adrián. Tiene una cara a medio camino entre la cara de póker y la cara de interés distante. Se le ve paciente. Más paciente que yo, que empiezo a hartarme de pensar en cómo debe ser una vida que merezca la pena. Algo cómodo. Estar tumbado en el sofá y ver películas hasta la noche. Salir a dar un paseo y ver algo bonito. Meterse bajo la manta y encontrar el calor que falta. Dar varias vueltas por la cama pensando que aún no hace falta despertarse. Pero creo que eso tampoco me vale. En mi mente hay una gran imagen que me dice la verdad: un lienzo en blanco. Blanco, y nada más.

- Voy a hacerte mejor la pregunta, ¿vale?

- Vale.

- ¿Qué querías ser de niño? ¿Qué sueños tenías?

Vuelvo a mirar al techo. No tengo ni idea. Astronauta o algo así. ¿Con qué sueñan los niños? Bueno, los de hoy en día no me valen, porque estoy seguro de que no soñaba con tener el mejor móvil o algún politono impresionante. ¿Paleontólogo? Recuerdo que me gustaban los dinosaurios y podía decir todos esos nombres extraños sin dificultad. Pero los dinosaurios muertos no son tan interesantes, y andar excavando no me llama demasiado la atención. Volar. ¿Ser piloto? Desde luego. Pero con eso soñamos los adultos también. No trabajar nada, hacer todas las huelgas que quieras y poder decir tonterías por un megáfono mientras la gente te aplaude tras aterrizar.

- Podemos empezar a trabajar con eso. ¿Te viene bien volver el miércoles?

- Claro.

- Entonces voy a mandarte tarea.

Lo dice y se ríe, con una risa tímida y entrecortada. No tengo demasiado claro cómo me siento o si esto ha servido para algo.

- ¿Tarea?

- Quiero que pienses en lo que te he preguntado. Que dediques un rato esta semana, cuando estés tranquilo, en casa, a explorar. Me gustaría que lo apuntaras en un papel. Posiblemente si te pones a escribirlo, acabe saliendo solo.

- ¿Tengo que traerlo el miércoles?

- Claro, así podremos tratarlo en la próxima sesión.

- Lo traeré.

Se levanta y me acompaña a la puerta. Se despide deseándome un buen día, como si estuviera convencido de que voy a tenerlo. No ha sacado el asunto del dinero en ningún momento.

- Oye, – le digo, antes de salir - ¿qué tengo que pagarte?

- Ay, es verdad. Bueno, por lo de hoy, nada, porque no hemos empezado aún. Para el miércoles, lo que hablamos por teléfono: con cincuenta euros va bien.

Me vuelve a repetir que tenga un buen día y estrecha mi mano con fuerza. Se le ve lleno de energía. Debe tener muy claro lo que es valioso para él. Todavía no lo tengo decidido, pero dudo que aparezca el miércoles por aquí. No tengo ganas de sentarme a pensar. O, más bien, no creo que pueda encontrar nada por mucho que piense.